César Vidal - libertaddigital
"Con todo, como confesaría Azaña en sus memorias, la República parecía una posibilidad ignota. El que se convirtiera en realidad se iba a deber no a la voluntad popular, sino a una curiosa mezcla de miedo y de falta de información. La ocasión sería la celebración de unas elecciones municipales en abril de 1931. Tras las mismas, los republicanos –que perdieron clamorosamente–, de manera antidemocrática lograron provocar un cambio de régimen.
Y es que los republicanos españoles no eran demócratas sino antisistema, utópicos, seres convencidos de que gozaban de una legitimidad derivada de su superioridad moral y política. Ese sentimiento de hiperlegitimidad les permitía, a su juicio, derrocar un sistema parlamentario y sustituirlo por otro que abriera el camino a sus respectivas utopías. Su carencia de convicción democrática y sus objetivos incompatibles explican sobradamente las terribles convulsiones y el fracaso final de la II República. "
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