jueves, octubre 11, 2007

10 riesgos de vivir en pareja sin casarse: malo para hombres, mujeres y niños

forumlibertas

Más riesgo de ruptura (incluso si luego se casan), más inestabilidad, pobreza, violencia, fracaso escolar... la estadística sobre la cohabitación es clara.

La cohabitación (compartir casa y relaciones sexuales sin casarse) está creciendo: hace 35 años aún era algo raro, socialmente tabú. En los años 60, en EEUU, creció un 20%; en los 70 un 200%, en los años 80, un 80%, en los años 90 creció otro 66%. Entre el 2000 y el 2004 sólo ha crecido un 7,7%.

Patrick Schneider, especialista en geriatría y salud pública de la Universidad de Harvard, ha recopilado una serie de datos (en www.newoxfordreview.org ) , especialmente referidos a EEUU aunque muy aplicables a otros países de Occidente, en los que se condensan los efectos socialmente negativos del cohabitar. Como todos los datos estadísticos, habrá parejas que cohabiten sin verse reflejados en esos datos. Pero la estadística habla de lo que sucede a grandes cantidades de personas y del porcentaje de riesgo.

Diez riesgos de cohabitar
1. Son relaciones inestables: pasados tres años de cohabitación, sólo una de cada seis parejas siguen juntas; sólo una de cada diez sobrevive 5 ó más años. (Bennet, W.J., The Broken Hearth: reversing the moral collapse of the American Family, 2001)

2. Cohabitar aumenta el riesgo de divorcio: en Estados Unidos los que se casaron sin cohabitar antes se divorcian en un 21%. En cambio, los que cohabitaron antes de casarse, se divorcian un 39%. El riesgo es, pues, prácticamente el doble. (Bennet, obra citada).

3. Cohabitar carga más sufrimiento sobre la mujer: al menos en EEUU, las mujeres en cohabitación aportan el 70% de los ingresos del hogar, y suelen cargar con responsabilidades y deberes hacia los niños y la casa, sin el apoyo de una protección legal. (Crouse, J.C., "Cohabitation: consequences for Mothers and Children", presentación en Kuala Lumpur, Malaysia, 11-14 de octubre 2004, X Aniversario del Año Internacional de la Familia de Naciones Unidas).

4. Cohabitar va relacionado con más riesgo de enfermedades sexuales: los hombres que cohabitan multiplican por 4 el riesgo de tener enfermedades de transimisión sexual (Crouse, J.C., obra citada). En 1960 sólo había 3 enfermedades sexuales; hoy hay dos docenas de ellas con consecuencias incurables. Los casos diagnosticados en EEUU de enfermos por transmisión sexual se han triplicado de 1993 a 1999. (Crouse, J.C.; Gaining Ground: A profile of American Women in the Twentieth Century, 2000).

5. Cohabitar implica un mayor riesgo de problemas psiquiátricos y de abuso de sustancias: la Universidad de California Los Angeles hizo una revisión de 130 estudios y comprobó que los matrimonios precedidos por cohabitación tienen mayor tendencia a padecer problemas de alcohol y drogas. (Coombs, R.H. "Marital Status and Personal Well-being: A literature review"; Family Relations, enero 1991). La depresión es el triple de frecuente en parejas que cohabitan que en matrimonios (Robbins, L., Rieger,D, Psychiatric Disorders in America, 1990).

6. Cohabitar aumenta la pobreza de los niños: el nivel de pobreza de los niños en familias cohabitadoras es cinco veces mayor que en hogares matrimoniales (Bennet, obra citada).

7. Cohabitar perjudica a la conducta y emotividad de los hijos: Comparados con hijos de padres biológicos casados, los chicos y chicas de 12 a 17 años con padres cohabitadores ven multiplicada por 6 su posibilidad de desarrollar problemas emocionales y de conducta (Booth, A., Crouter, A.C., eds. Just Living Together: Implications of Cohabitations on Families, Children and Social Policy, 2002). Además, las notas de los adolescentes ven aumentar en un 90% su riesgo de ser bajas y su posibilidad de ser expulsados del colegio crece en un 122% (Manning, W.D; Lamb, K.A.; "Adolescents Well-Being in Cohabiting, Married and Single Parent Families", Journal of Marriage and Family, novimebre 2003). En EEUU, la cohabitación va asociada con una escasez de abuelos, tíos, tías y primos y la falta de apoyo que eso implica (Bennett, obra citada).

8. Cohabitar tiene relación con un aumento del crimen juvenil: En 1980, en EEUU había una población reclusa de medio millón de personas. Hacia el 2000 tenía dos millones de presos. El 70% de los presos juveniles en instituciones estatales venían de hogares sin padre (Drake, T. "The father factor: crime on increase in Dad Free zones", National Catholic Register, enero 2007). Tres de cada cuatro niños implicados en actividades criminales vivían en hogares en cohabitación (Crouse, obra citada).

9. Cohabitar aumenta el riesgo de maltrato sexual a los niños: el riesgo de que un niño sufra abusos sexuales es 6 veces mayor en familias adoptivas, 14 veces mayor en hogares de madre soltera (que nunca llegó a casarse), 20 veces mayor en familias con padres biológicos que sólo cohabitan y 33 veces mayor cuando la madre cohabita con un hombre que no es el padre biológico de los niños (Crouse, obra citada).

10: Una mujer en cohabitación en EEUU multiplica por 3 (respecto a las casadas) el riesgo de sufrir agresiones físicas (Salari, S.M., Baldwin, B.M., "Verbal, physical and injurious aggression among intimate couples over time", Journal of Family Issues, mayo 2002). Cohabitar además multiplica por 9 (con respecto a las casadas) el riesgo de que la mujer sea asesinada. (Shackelford, T.K., "Cohabitation, Marriage and Murder: woman-killing by male romantic partners", Aggressive Behavior, vol. 27, 2001).

[A modo de ejemplo en España: de 73 mujeres asesinadas por "violencia de género" en el 2007 -hasta el 10 de octubre-, (ver aquí) sólo 29 fueron asesinadas por su marido, y otras 5 por su ex-marido. Otras 30 mujeres fueron asesinadas por "novios", "compañeros sentimentales", "parejas", "ex-parejas". Parece haber un empate entre "asesinos casados" y "asesinos emparejados"... pero el empate se deshace cuando recordamos que el número de hombres casados es muchísimo más alto que el de hombres que cohabitan. Haría falta investigar la diferencia numérica y porcentual entre feminicidios dentro del matrimonio y feminicidios en la cohabitación en España].

El gigante asiático envejece: “20 millones de chinos no podrán casarse nunca”

forumlibertas

La política del hijo único ha creado un gran desequilibrio demográfico; para 2050, un tercio de la población serán jubilados

Bajo el eslogan Una familia, un niño, la política del hijo único que China puso en vigor en 1979 ha contribuido al rápido envejecimiento de la población. El desequilibrio creado por las autoridades favorece las previsiones de que, para 2050, un tercio de la población serán jubilados.

Según declara un experto en demografía, ‘gracias’ a esa política puesta en práctica durante los últimos 30 años “20 millones de hombres no tendrán mujer” en la actual China. La proporción actual entre sexos es de 119 niños nacidos por cada 100 niñas.

Zhai Zhenwu está considerado como un ‘superexperto’ en demografía en su país de origen. En una entrevista publicada por el diario EL PERIÓDICO este martes, 9 de octubre, Zhenwu asegura que esos hombres “no podrán casarse nunca” y que “el número crece a un ritmo de un millón y medio cada año”.

domingo, octubre 07, 2007

La eutanasia, una solución anticuada

Aceprensa

La autora recuerda que hoy la ley ofrece “soluciones concretas al miedo a morir en condiciones degradantes y con sufrimiento”. Se refiere a la ley sobre el fin de la vida aprobada en Francia hace dos años (ver Aceprensa 46/05), que permite al enfermo rehusar tratamientos desproporcionados y fomenta los cuidados paliativos. Entonces, ¿qué motivo hay para legalizar la eutanasia? “¿Se puede admitir que la sociedad asigne a los médicos el cometido de matar a un paciente y que la administración de la muerte esté prevista por ley?”.

Eso, señala Pelluchon, trastornaría la misión de los médicos. “No solo el acto de matar es incompatible con el deber de no hacer daño: además, el hecho de asociarlo a la atención médica minaría la confianza de las familias en los encargados de cuidar a sus enfermos. Esta confianza, que se alimenta de la determinación de los médicos de no abandonar jamás a un paciente, es importante en el caso de una decisión de interrumpir el tratamiento”.

La eutanasia legalizada afectaría también a la consideración social de los enfermos. “¿Cómo se puede conciliar los esfuerzos que se hacen para integrar a quienes la enfermedad, la edad o la diferencia excluyen de la vida social, y una reivindicación que viene a decir que la solución al sufrimiento es la muerte? Esta solución consiste en desembarazarse del problema desembarazándose del enfermo”.

En el caso concreto del suicidio asistido, “legalizarlo implicaría el reconocimiento, por parte de la sociedad, de que el suicidio es una salida legítima y natural al sufrimiento. Esta trivialización del suicidio va en contra del coraje y de los valores de solidaridad que nos inculcan en la escuela y en el seno de la familia”.

Pero el núcleo de la cuestión está en el modo de entender la autonomía, como muestra más claramente el caso de la eutanasia voluntaria. “¿Equivale la autonomía al derecho de hacer lo que queramos a cualquier precio, o sea obligando a los médicos y a la sociedad a otorgar reconocimiento a un acto contrario a sus valores? Se puede retomar el argumento de Hume y decir que un hombre no está obligado a hacerse daño, prolongando una vida desdichada, por el bien de la sociedad; pero este reconocimiento del suicidio como acto individual no implica que la sociedad en general ni los médicos en particular deban hacerse daño por el bien de un individuo. Tal interpretación no es fiel a los derechos humanos”.

En suma, el debate es entre dos concepciones de la autonomía individual. “Los que quieren legalizar la eutanasia afirman que este derecho [a la muerte] es ilimitado y es exigible por el individuo frente a la sociedad y los médicos”. En cambio, los contrarios a la eutanasia “sostienen que la preocupación por el bien común exige poner límites a una reivindicación individual que, si se reconociera por ley, daría paso a un derecho a la muerte incompatible con las fuentes morales de la democracia”. Estos, conscientes de la función simbólica que tienen las leyes, “se niegan a convertir la justicia en un calco de meros deseos individuales y no separan el derecho de una reflexión filosófica sobre la condición humana. La política, lejos de reducirse al arte de conquistar y conservar el poder, supone que las decisiones se articulen según valores comunes”.

Las leyes, concluye Pelluchon, no pueden ir sin más a remolque de los problemas que plantean las innovaciones técnicas: la referencia expresa a los valores es imprescindible para elaborar una ley sabia. Por eso, “ahora que en Holanda, pacientes y médicos se declaran más favorables a los cuidados paliativos que a la eutanasia, cabe esperar que lo que ayer se presentó como un avance, acabe siendo visto como una solución anticuada”.