Los enigmas del 11M - Luis del Pino: "¿En qué no has mentido, Zapatero?
8 de Octubre de 2006 - 12:02:23 - Luis del Pino
¿Hay algo en lo que no hayas mentido, Zapatero?
Mentiste al decir que querías un Pacto por las Libertades y el Terrorismo para luego mantener, simultáneamente, conversaciones secretas con los asesinos antes del 11-M.
Mentiste al decir que no pagarías precios políticos para luego permitir que el nuevo avatar de los proetarras, el PCTV, se volviera a sentar en el Parlamento Vasco.
Mentiste al decir que pedirías permiso para negociar al Parlamento para luego anunciar unilateralmente en un pasillo que iniciabas el camino de rendición del Estado.
Mentiste al decir que sólo negociarías en ausencia total de violencia, para luego continuar tu proceso de rendición del Estado mientras ETA envía a sus cachorros a quemar autobuses, cajeros, sedes de partidos, comercios de concejales del PP, ...
Mentiste al decir que la única salida de ETA era el abandono de las armas, para luego prestarle cobertura internacional llevando sus reivindicaciones al Parlamento Europeo.
Has defenestrado a todos aquellos que podían, desde dentro de tu partido, oponerse a la rendición del Estado. Has ordenado o consentido que se dieran avisos a los colaboradores de los asesinos, para desbaratar operaciones"
lunes, octubre 09, 2006
lunes, octubre 02, 2006
ABC.es: opinion - firmas - Otra mentira
ABC.es: opinion - firmas - Otra mentira
LA celebración del septuagésimo quinto aniversario del reconocimiento del derecho de sufragio femenino me ha permitido comprobar, una vez más, cómo se adultera la verdad con fines de propaganda ideológica. Al espectador que haya contemplado los reportajes, infectados de topicazos y merengosidad, que a la efemérides han dedicado varios canales televisivos le habrá sorprendido comprobar que la consecución de este logro se presenta como una conquista de la izquierda; en algún caso, incluso, se ha llegado a afirmar que la derecha conspiró contra tal conquista. Los lectores de ABC han tenido ya ocasión de leer un muy bien documentado y perspicaz artículo de Alberto Lardiés donde se refutan tales apriorismos. Como «una puñalada trapera para la República» definió el socialista Indalecio Prieto la decisión parlamentaria que extendió el derecho de voto a las mujeres. Aunque, quizá, el gran debate sobre esta cuestión no se produjo en el momento de su aprobación, sino dos años más tarde, cuando se aproximaban las elecciones de noviembre de 1933.
Fue entonces, en vísperas de aquellas elecciones, cuando los partidos de izquierda más obcecadamente se pronunciaron contra el derecho recién adquirido por la mujer. Muchas fueron las voces que, desde posturas presuntamente progresistas, recomendaron despojar otra vez a la mujer española de su derecho de sufragio, por temor a que terminara votando al candidato que le impusiera su marido o le aconsejase el cura desde el púlpito. En un reportaje publicado en la revista «Crónica» unos meses antes de la elecciones, la periodista y poetisa Ana María Martínez Sagi, pionera del feminismo a quien dediqué mi libro «Las esquinas del aire», entrevista a varias mujeres adscritas a formaciones de izquierda; casi todas se pronuncian sin ambages sobre la inconveniencia del sufragio femenino. Así, por ejemplo, una militante de la Unión Socialista declaraba: «Es un peligro evidente el apoliticismo de las mujeres. Su abstención, no sólo posible, sino probable, influirá con preponderancia en el sentido reaccionario femenino. Un país que en el año 33 del siglo XX no tiene resuelta aún la enseñanza primaria, gratuita y obligatoria no tiene derecho a pedir al pueblo la comprensión de valores de organización civil ni política; y una sociedad que, bajo un falso barniz de europeización, deja al hombre y a la mujer en un aislamiento roto únicamente por las relaciones sexuales, no tiene tampoco derecho a pedir a sus mujeres la comprensión amplia y generosa que el camino de las ideas justas y renovadoras exige». Vamos, que la militante socialista sólo parecía dispuesta a transigir con el sufragio femenino cuando se garantizase la adhesión inquebrantable de las mujeres a la doctrina socialista. Más descarnadas resultan aún las declaraciones de una militante independentista: «La mujer, por falta de independencia ideológica, no aportará a la política ninguna nueva orientación. Sin espíritu crítico, no hay independencia de ideas. La mujer es primitiva y apasionada. Es por este motivo que acepta sin discutir las ideas políticas que el hombre quiere imponerle. El día en que la mujer comprenda que los sistemas de gobierno pueden mejorarse, transformarse incluso, sin que esto suponga atentado alguno contra aquellas verdades supremas que ella defiende, aquel día la mujer empezará a actuar conscientemente dentro de la política, y entonces habrá llegado el momento oportuno de hablar de su influencia. Ahora, no».
En las elecciones de 1933, en las que finalmente las mujeres acabarían votando, obtendría la victoria la CEDA. Inmediatamente, Indalecio Prieto, en un alarde de respeto a las reglas de juego democráticas, advirtió: «En caso de que las derechas sean llamadas al poder, el Partido Socialista contrae el compromiso de desencadenar la revolución». Acaso no lo supiera, pero acababa de infligirle a la Segunda República una puñalada trapera mucho más feroz que el reconocimiento del sufragio femenino.
LA celebración del septuagésimo quinto aniversario del reconocimiento del derecho de sufragio femenino me ha permitido comprobar, una vez más, cómo se adultera la verdad con fines de propaganda ideológica. Al espectador que haya contemplado los reportajes, infectados de topicazos y merengosidad, que a la efemérides han dedicado varios canales televisivos le habrá sorprendido comprobar que la consecución de este logro se presenta como una conquista de la izquierda; en algún caso, incluso, se ha llegado a afirmar que la derecha conspiró contra tal conquista. Los lectores de ABC han tenido ya ocasión de leer un muy bien documentado y perspicaz artículo de Alberto Lardiés donde se refutan tales apriorismos. Como «una puñalada trapera para la República» definió el socialista Indalecio Prieto la decisión parlamentaria que extendió el derecho de voto a las mujeres. Aunque, quizá, el gran debate sobre esta cuestión no se produjo en el momento de su aprobación, sino dos años más tarde, cuando se aproximaban las elecciones de noviembre de 1933.
Fue entonces, en vísperas de aquellas elecciones, cuando los partidos de izquierda más obcecadamente se pronunciaron contra el derecho recién adquirido por la mujer. Muchas fueron las voces que, desde posturas presuntamente progresistas, recomendaron despojar otra vez a la mujer española de su derecho de sufragio, por temor a que terminara votando al candidato que le impusiera su marido o le aconsejase el cura desde el púlpito. En un reportaje publicado en la revista «Crónica» unos meses antes de la elecciones, la periodista y poetisa Ana María Martínez Sagi, pionera del feminismo a quien dediqué mi libro «Las esquinas del aire», entrevista a varias mujeres adscritas a formaciones de izquierda; casi todas se pronuncian sin ambages sobre la inconveniencia del sufragio femenino. Así, por ejemplo, una militante de la Unión Socialista declaraba: «Es un peligro evidente el apoliticismo de las mujeres. Su abstención, no sólo posible, sino probable, influirá con preponderancia en el sentido reaccionario femenino. Un país que en el año 33 del siglo XX no tiene resuelta aún la enseñanza primaria, gratuita y obligatoria no tiene derecho a pedir al pueblo la comprensión de valores de organización civil ni política; y una sociedad que, bajo un falso barniz de europeización, deja al hombre y a la mujer en un aislamiento roto únicamente por las relaciones sexuales, no tiene tampoco derecho a pedir a sus mujeres la comprensión amplia y generosa que el camino de las ideas justas y renovadoras exige». Vamos, que la militante socialista sólo parecía dispuesta a transigir con el sufragio femenino cuando se garantizase la adhesión inquebrantable de las mujeres a la doctrina socialista. Más descarnadas resultan aún las declaraciones de una militante independentista: «La mujer, por falta de independencia ideológica, no aportará a la política ninguna nueva orientación. Sin espíritu crítico, no hay independencia de ideas. La mujer es primitiva y apasionada. Es por este motivo que acepta sin discutir las ideas políticas que el hombre quiere imponerle. El día en que la mujer comprenda que los sistemas de gobierno pueden mejorarse, transformarse incluso, sin que esto suponga atentado alguno contra aquellas verdades supremas que ella defiende, aquel día la mujer empezará a actuar conscientemente dentro de la política, y entonces habrá llegado el momento oportuno de hablar de su influencia. Ahora, no».
En las elecciones de 1933, en las que finalmente las mujeres acabarían votando, obtendría la victoria la CEDA. Inmediatamente, Indalecio Prieto, en un alarde de respeto a las reglas de juego democráticas, advirtió: «En caso de que las derechas sean llamadas al poder, el Partido Socialista contrae el compromiso de desencadenar la revolución». Acaso no lo supiera, pero acababa de infligirle a la Segunda República una puñalada trapera mucho más feroz que el reconocimiento del sufragio femenino.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)