lunes, mayo 09, 2005

La primera víctima de la guerra

abc.es| Por Juan Manuel DE PRADA

DECÍA Winston Churchill que la primera víctima de la guerra era la verdad; lo decía, además, con conocimiento de causa, pues hubo de recurrir con frecuencia a la mentira para proteger la unidad de las potencias aliadas y, sobre todo, para ocultar los crímenes genocidas del régimen soviético. Sesenta años después de la rendición nazi, la verdad sigue siendo pisoteada en alocuciones como la que acaba de proferir el presidente Putin. «Nuestro pueblo -ha afirmado sin rebozo- no sólo defendió a su patria, sino que también liberó a otros once países europeos». La frase no sólo denota una complacencia en la mentira; también presupone una consideración benéfica del comunismo como fuerza liberadora que uno ya creía periclitada a estas alturas. Mucho más ajustado a la verdad, Bush acaba de recordar en Riga que «los acuerdos de Yalta constituyeron uno de los grandes errores de la historia». Nadie puede negar que el concurso soviético fue definitivo para derrotar a Hitler; pero, ante la orgía de celebraciones que conmemoran aquella derrota, deberíamos preguntarnos: «¿Qué victoria se celebra?». Pues si se celebra la victoria de la democracia sobre los totalitarismos, el escenario elegido -la Plaza Roja de Moscú- no nos parece el más idóneo; si se celebra la victoria sobre el régimen nazi, ¿debemos incluir en los fastos la «liberación» de esos países que quedaron en la órbita soviética?

Convendría que se recordara que el régimen soviético mantuvo, durante los primeros años de la contienda, una connivencia sórdida con el nazismo. No se limitó, como los Estados Unidos, a ser un espectador más o menos melindroso de la conquista fulgurante del continente europeo. Stalin pactó con Hitler el reparto de Polonia y alojó en sus campos de concentración a cuarenta mil oficiales y suboficiales del ejército polaco, a los que despacharía con el muy sumario procedimiento comunista del tiro en la nuca (el mismo, por cierto, empleado en Paracuellos del Jarama). Sólo cuando Hitler, en plena borrachera de triunfos, decide invadir la Unión Soviética, Stalin se suma a los aliados. Lo hace, por supuesto, con el característico desprecio por el género humano que impulsaba su ideología (recordemos su célebre frase: «Un muerto es una tragedia, un millón de muertos pura estadística»). Sin ese desprecio olímpico por las víctimas (que incluía a sus compatriotas, o mejor dicho esclavos) no puede entenderse cabalmente la abultada mortandad soviética durante la Segunda Guerra Mundial: Stalin mandaba batallones de soldados prácticamente desarmados a combatir al invasor, para que actuasen como parapeto ante su avance; y, no contento con ello, disponía en retaguardia batallones de exterminio perfectamente equipados, con la encomienda de que liquidasen a los supervivientes derrotados, a quienes consideraba cobardes e indignos. Varios millones de soldados rusos murieron de esta guisa, a manos de sus conmilitones. Naturalmente, el ejército soviético, que soportaba además del encarnizado combate con el enemigo las represalias crudelísimas de su propio mando, acabaría convirtiéndose en una horda de alimañas sin honor que descargaba su furia masacrando a la población civil inerme o violando a más de dos millones de mujeres alemanas. En la Conferencia de Yalta, los aliados no sólo se avinieron a silenciar estas atrocidades; acoquinados ante el formidable despliegue de fuerza soviético, decidieron entregarle al padrecito Stalin media Europa, para que siguiera ejercitando su olímpico desprecio hacia el género humano, sólo comparable al de Hitler.

Ojalá las conmemoraciones que ahora se celebran sirvieran también para desenterrar el cadáver de la verdad, primera víctima de todas las guerras

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