lunes, mayo 02, 2005

Gay, ese "anglicanismo"

Por Jaime CAMPMANY
"DON Daniel Pereda de Pablo me reprocha en «ABC y sus lectores» el uso de la palabra «maricón», y lo hace con tal mesura y respeto que me obliga a intentar darle una explicación que le satisfaga. Ojalá lo alcance.

Dice que es término ofensivo y que así lo señala la propia Academia. Yo creo que la ofensa no está en la palabra, sino en la desconsideración y el desprecio que se quiera dar al concepto que la palabra designa. Se le llamara como se le llamara, al hombre atraído por otros hombres, al homosexual, se le ha considerado hasta hoy como ser desdeñable e indigno, y condición merecedora de ofensa e insulto. Y esa convicción ha quedado unida al nombre, sea el que sea. Da igual usar maricón, homosexual, marica, mariquita, afeminado o monflorita, que se dice en mi tierra y es degeneración prosódica de hermafrodita, sujeto que posee en sí los dos sexos.

Si es la condición que el nombre denota lo que repugna y se desprecia, será igual el nombre que se use. Federico García Lorca, grandísimo poeta, español desgraciado que murió de la otra media España y homosexual reconocido, recoge muchas definiciones del monflorita según se usen en uno u otro lugar o región. Pueden encontrarlas ustedes en la bellísima «Oda a Walt Witman», aquel «viejo hermoso Walt Witman que los maricas señalaban con el dedo». Por ejemplo, «Pájaros» de La Habana, hoy diríamos «Chaperos», «Jotos» de Méjico, «Sarasas» de Cádiz, «Apios» de Sevilla, «Cancos» de Madrid, «Floras» de Alicante o «Adelaidas» de Portugal.

Si se quiere ofender al hombre afeminado o al sodomita, todos esos nombres resultarán ofensivos. García Lorca consideraba sucios a los hombres designados con esos nombres, asesinos de palomas, y los distingue del «niño que escribe nombre de niña en su almohada» y del «muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero». Pero al fin, a todos convienen los mismos nombres. Si inventáramos nombres nuevos, pronto se confundirían con los primeros. Vamos, que lo que ofende no es el nombre, sino el retintín. Cuando yo escribo «matrimonio entre maricones» no tengo ninguna voluntad de ofender, sino de definir.

El «gay», ese «anglicanismo» que diría la ministra de Cultura, o el «homosexual» se admiten hoy como menos peyorativos. ¿Por qué? Porque no vienen con la carga de desdén que antes descansaba sobre el hombre atraído por otros hombres. Pero los nombres significan lo mismo. Mi bisabuela les llamaba «suripantas» a las putas, y no por eso eran menos putas. En algunos casos se podrían buscar diferencias. Cela decía que no es lo mismo afirmar que una señora es ramera, que decir que la niña del quinto ha salido un poco puta. Es lo que hace Lorca con los niños mariquitas. Claro está que decir de un maricón que es bardaja ya es una manera molesta de señalar. Pero si se acepta el concepto de homosexual con naturalidad, el nombre que se le dé será lo de menos. El «asistente ecológico» que dicen los italianos siempre será un barrendero, oficio muy digno por cierto. Bueno, eso, que nombrar no es ofender.
"

No hay comentarios: