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" España es una nación católica. No lo es porque lo haya escrito recientemente José María Aznar. No lo es tampoco porque Juan Pablo II así lo afirmase en su último y triunfal viaje apostólico a España. No es ni siquiera porque el catolicismo sea la religión de la mayoría de los españoles, tanto si la practican habitualmente como si no. El catolicismo está en la raíz misma de lo español. Sin Roma, sin los germanos y sin la Cruz no se entiende qué es este país ni su papel en el mundo. Un papel pasado, por supuesto. Las horas más gloriosas y también las más difíciles de nuestra historia común y de nuestra presencia en los cinco continentes han estado ligadas a la identificación entre España y la Iglesia. Cada persona y cada partido puede tener su opinión sobre ese hecho, pero eso no cambia la realidad histórica. " (...)
"En consecuencia, y aunque el Gobierno de turno dijese lo contrario, España será vista en el mundo como avanzada del mundo católico. Así ha sido durante muchos siglos, y así está en nuestra propia naturaleza, en todos los asuntos internacionales. Desde el siglo XIX, al menos desde el canónigo Llorente, ha estado de moda ver esto como una desgracia colectiva.
La mentalidad progresista consideró que el catolicismo había sido causa del atraso de España, de su retraso industrial y de su pobreza. Hoy, cuando España no es pobre pero no ha dejado de ser católica, y cuando se ha demostrado lo infundado de esa idea, es el momento de plantearse el papel de lo católico en la dimensión exterior española. Desde luego, puedo optarse ideológicamente por anular esa dimensión. Puede enviarse un embajador militantemente ateo al Vaticano, y puede apoyarse a los regímenes anticristianos del uno al otro confín del orbe. "
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