GEES - Por Florentino Portero
"En los últimos días he asistido al extraño espectáculo de un nutrido grupo de amigos, del mundo profesional y académico, agnósticos bien avenidos con la Iglesia, clásicos liberal-conservadores cosmopolitas que han seguido con exagerado interés las ceremonias de despedida a Juan Pablo II y, sobre todo, que desde un primer momento se han ilusionado con la posibilidad de que el veterano y carismático cardenal Ratzinger, el genuino panzercardinal, fuera elegido por sus iguales para asumir la cátedra de Pedro. (...)
Si deseaban a Ratzinger era porque representaba mejor que ningún otro la alianza entre inteligencia analítica y firme defensa de los principios. Se ha repetido hasta la saciedad que es el crítico por excelencia del relativismo.
El atractivo de Ratzinger para los liberal-conservadores agnósticos no reside en su defensa de una ortodoxia que, en gran medida, desconocen, sino en su reivindicación de los principios y valores, en la afirmación de que existe el bien y el mal, lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira. No todo vale. No todo es relativo. Una cosa es respetar la opinión de un individuo y otra es aceptar que todos y ninguno tenemos razón.
Para cualquier liberal-conservador resulta evidente que el conjunto de principios que rigen nuestra filosofía política son resultado de la evolución del pensamiento occidental a partir del legado judío y cristiano, del Antiguo y del Nuevo Testamento. Tanto Hobbes como Locke, tanto Constant como Tocqueville son incomprensibles sin ese legado. Nuestro concepto de la dignidad humana, de su libertad y trascendencia son judeo-cristianos. El liberalismo ha construido sobre él una filosofía de convivencia y progreso con firmes pilares.
Nuestra moderna sociedad de masas, el estado de bienestar, ha desarrollado comportamientos escasamente liberales. Los firmes valores se han relativizado. Confundimos el respeto y la educación con el “todo vale”. Instituciones milenarias son socavadas en el marco de una comunidad que considera los principios como restos anacrónicos de una etapa primitiva del desarrollo humano. Lo “políticamente correcto” es dar por sentado que Occidente ha sido un desastre, que sus enemigos tienen buena parte de razón y que debemos renunciar a nuestra propia identidad.
Si nos fijamos en nuestro entorno inmediato el problema es distinto. Frente al relativismo general aquí nos encontramos un ataque frontal por parte del Gobierno a esos principios y valores. Tratan de imponernos una nueva moral clara y decididamente anticristiana y antiliberal. A través de la vía democrática se intenta barrer los propios fundamentos de la democracia.
Muchos agnósticos, consciente o inconscientemente, se han sentido por estas razones próximos a la Iglesia y se han reconocido en las sucesivas intervenciones del cardenal. La afirmación de la verdad frente a la mentira, de lo justo frente a lo injusto, es recibido por muchos, en muy diversos puntos del planeta, como un maná vigorizador, como una esperanza para salir del agujero moral en el que nos encontramos. El conjunto de las iglesias cristianas son algo más que clubs de espiritualidad. Nuestra historia está intrínsecamente unida a la experiencia religiosa judeo-cristiana y para nosotros la Santa Sede es, además, un referente. Las sociedades desarrolladas están generando monstruos que las devoran. El consumismo idiotiza y hace que las sociedades pierdan sentido crítico, fuelle moral y acaben siendo fácilmente manejables por demagogos de variopinta calaña. Muchos agnósticos leen a Ratzinger buscando sus reflexiones sobre la evolución de Occidente, el papel de los valores o la dignidad humana. (...)
Los cardenales sabían lo que hacían eligiendo a Ratzinger. Su papado no será largo, pero muchos confiamos en que sea intenso. No hace ni dos días de su elección y la artillería mediática ya ha lanzado cargas de variado calibre contra él. Criticaron despectivamente a Juan Pablo II durante años, quisieron capitalizar los sentimientos que su enfermedad y fallecimiento provocaron, pero han captado todo el significado de la elección de Benedicto XVI y han comenzado las acciones de deslegitimación y descrédito. Pueden ser malvados, pero no son idiotas.
Por la misma razón que ellos le critican, otros, creyentes o no, reconocemos su autoridad en la defensa de esos valores esenciales para nuestra forma de concebir la vida.
Lo confieso. Yo era uno de esos agnósticos que seguí con detalle las ceremonias de despedida de Juan Pablo II y de convocatoria del Cónclave. Es verdad, yo deseaba la elección de Ratzinger, aunque tuviera pocas esperanzas. Era demasiado bonito para ser verdad. Como otros muchos europeos confío en lo mucho que este hombre puede hacer por nuestro viejo y decaído continente.
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