"De manera que el cardenal Josef Ratzinger ya estaba clasificado, a tenor de ella y del sentido de la historia de corriente alterna hegeliana, y había sido condenado. Y ya se le había otorgado la condición de opositor a la corriente de los tiempos, como si la entidad misma de lo que es la Iglesia, su entitativa singularidad - como la del cristianismo de cualquier denominación, por lo demás- no fuera el no poder inclinarse ante ningún ídolo, y, por lo tanto, tampoco ante los idola de los tiempos, incluso si muchos cristianos pueden sentirse seducidos por ellos.
El drama del Vaticano II consistió, sin duda, en que fue recepcionado en ciertos ámbitos con un aire de revolución cultural o revelación alternativa; pero no es tan comprensible que pueda llegarse a pensar, entonces, que un Papa que no fuera Benedicto XVI aceptaría el relativismo filosófico y la anomia moral, la ingerencia estatal en las conciencias o el aborto y la eutanasia. ¿O es que acaso va de suyo que, cualquier ser pensante, simplemente consciente de la herencia cultural del pasado y de la santidad de la inteligencia, se preste sin más a la disolución del mal, que es uno de los quicios de la modernidad?" (...)
"Ante el despliegue mundial de las comunicaciones, tanto con ocasión de la muerte de Juan Pablo II como de la proclamación del nuevo Papa, pensamos inevitablemente, por ejemplo, en Victor Hugo que, señalando, primero, las torres de Nôtre Dame de París, y luego un periódico, decía: Ésto matará a aquello."
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