sábado, abril 29, 2006

El precio humano de la nueva tecnología biomédica

El precio humano de la nueva tecnología biomédica. Leon R. Kass es uno de los bioéticos de talla mundial que no se dejan obnubilar por la investigación con células madre embrionarias o por la clonación. Doctor en Biología y en Medicina, profesor de la Universidad de Chicago, es también miembro del Consejo asesor del presidente de EE.UU. sobre Bioética. Es autor de numerosos libros científicos, así como de otros de tema antropológico y filosófico. ::Aceprensa::

"¿Qué podemos perder si nos embarcamos en ese nuevo proyecto biomédico?

— Podemos iniciar una deshumanización del hombre, de cuyas consecuencias aún no somos conscientes. Por ejemplo, la investigación con células madre embrionarias: no es sólo que se destruyan los embriones, es que además nosotros –quienes los empleamos– nos insensibilizamos, corrompemos y desnaturalizamos. O la clonación: la Comisión Asesora de Bioética de Clinton, en su informe de 1997 "Cloning Human Beings", sólo se puso de acuerdo en una cosa: que clonar seres humanos es, "de momento", inmoral porque no es seguro. Pero no logró ponerse de acuerdo sobre ninguna objeción a la clonación en sí misma. O el tráfico de órganos, una práctica prohibida durante dos décadas en Estados Unidos que vuelve ahora, con renovada fuerza.

O la diagnosis previa obtenida del conocimiento del genoma humano, que abre las puertas a un panorama de planificación e ingeniería genéticas. ¿Cómo no afectaría a la protección social o al empleo de una persona –o, sencillamente, a la intimidad– el que se conozca su genoma? O el uso de drogas para optimizar rendimientos: muchos se preocupan por el dopaje deportivo, la seducción con "éxtasis" o el apaciguamiento de los escolares en un colegio por medio de la administración de Ritalin, pero pocos recapacitan sobre lo que significa empezar a cambiar el carácter y la estructura de la actividad humana, separando la capacidad del esfuerzo.

— Tal vez ese principio de los fundadores de la nación norteamericana, enunciado en su Constitución, el derecho a "la búsqueda de la felicidad" tenga algo que ver con todo esto. Si se entiende ese derecho de forma unilateral e irrestricta, algunos arguyen que en el modelo europeo del Estado de bienestar el Estado no sólo no debe interponerse sino que ha de proporcionar al ciudadano algunos elementos de su proyecto de búsqueda de la felicidad, como las operaciones de cambio de sexo, que pasarían a considerarse un derecho.

— La libertad es necesaria, pero no suficiente. Junto con los valores de libertad, vida y búsqueda de la felicidad, es preciso advertir la exigencia humana de "dignidad". El problema es que la dignidad es una abstracción, no despierta consensos fáciles sobre su naturaleza, es poco democrática (es más bien una idea aristocrática) y tal vez carezca de una fundamentación suficiente en la tradición filosófica occidental. Por ejemplo, en el mundo homérico los griegos la hicieron descansar sobre el valor, o sobre la sabiduría en la pedagogía socrática. Aspectos irrenunciables del ser humano, pero que excluyen muchas cosas necesarias para que una vida humana sea realmente tal. O Kant, que identificó esa dignidad con la racionalidad psíquica, igualmente característica del ser humano, pero que soslaya algo esencial y concreto de nuestra vida, que debe ser reivindicado: nuestra corporalidad.

Reivindicar la corporalidad — Pero ¿qué es lo que hay de digno e importante en nuestra corporalidad y en su transmisión en la procreación humana? ¿No parece más seguro y más limpio realizar esa transmisión en un laboratorio?

— La cuestión es que la reproducción humana es sexual no por consenso, cultura ni tradición, sino por naturaleza. En ella, un hijo es resultado de la combinación de la naturaleza y el azar. Es más: sólo encontramos reproducción asexual en formas poco desarrolladas de vida: bacterias, algas, hongos y algunos invertebrados. La sexualidad trae consigo una nueva y más rica relación con el mundo: para el animal sexuado, el mundo no es ya una otredad homogénea, en parte peligrosa y en parte comestible; es además el lugar que contiene otros seres especialmente relacionados con él. Por eso, entre otras razones, el ser humano es el más sexual –las hembras no atraviesan momentos puntuales de celo sino que son receptivas durante todo el ciclo reproductivo– y el más social, el más lleno de aspiraciones, el más abierto y el más inteligente.

— Si en efecto es tan peligrosa la disociación entre sexo y reproducción, entre otros cambios que plantea esas nuevas prácticas biomédicas, ¿qué cabe hacer al respecto?

— Espero que aún podamos hacer algo pero no será fácil, porque los inconvenientes éticos de este nuevo panorama están relacionados con cosas que deseamos intensamente. No se trata de "1984", la novela de George Orwell, cuya imagen es la de una bota pisoteando el rostro del ser humano para siempre. El caso aquí es distinto: las nuevas prácticas biomédicas nos están dando cosas que queremos, pero a un precio del que no somos conscientes. Creo que al menos se podría hacer dos cosas. La primera, "decir que existe ese precio" y ser claros acerca de lo que debe ser protegido y defendido; la tarea primordial, así, sería intelectual: hacer público que existen efectivamente estos males "suaves", que no se manifiestan como los males que podríamos llamar "fuertes", como el asesinato o el terrorismo.

— ¿Y la segunda?

— Esta sería de índole política. ¿Es posible establecer guías, normas, limitaciones legales para estas prácticas? En los Estados Unidos somos muy buenos para legislar sobre la seguridad, la efectividad o los atentados más obvios contra la libertad, pero no tenemos una tradición que se haga cargo de estos problemas. Otros países hacen esto mejor: Alemania, Canadá, Francia, Gran Bretaña... El problema es que estas nuevas prácticas no están previstas en muchos sistemas legales vigentes y suscitan cuestiones éticas inéditas; así, parece que en muchos casos se llega en realidad a darles carta de naturaleza desde la lógica de los hechos consumados. Pero si no somos cuidadosos, creo que en diez o veinte años el panorama puede ser peligroso."

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