ABC.es: opinion - firmas - Por Fernando Suárez González
¿Qué sentido tiene olvidar la transacción que fue el éxito de la transición? ¿Qué sentido tiene, treinta años después, volver a exaltar en términos políticos y sin dejar el tema al análisis de los historiadores las excelencias de una República idealizada y los pretendidos méritos democráticos de cuantos luchaban en su favor, atribuyendo la condición de fascistas a quienes impidieron su deriva hacia la dictadura del proletariado?
Como no se explican a los más jóvenes los antecedentes de aquella situación ni las gravísimas responsabilidades de los muchos iluminados políticos que condujeron a ella, y se fomenta la descalificación absoluta de una etapa política que media España recibió con alborozo y casi toda respaldó durante años, aunque sólo fuera por hastío de su propia historia, hemos llegado a una situación rigurosamente patológica: reconciliados los más viejos, son sectores de los más jóvenes, alimentados con el veneno del rencor, quienes reavivan los rescoldos de la guerra civil.
Cualquier observador sereno, cualquier español preocupado por nuestra concordia, tiene que aceptar que detrás de la aparente recuperación de la memoria histórica parece agazaparse un taimado o declarado revanchismo, un afán de reescribir dolorosos episodios nacionales y, en definitiva, de reconvertir la reconciliación en «cambio de tortilla».
Estoy a favor de que se compense cualquier sufrimiento y de que se entierre con decoro a quienes se fusiló en cualquier cuneta, fuera de la de la izquierda o la de la derecha. Jamás puse el menor reparo a que se levantaran estatuas a personajes cuya influencia en la Historia es innegable, aunque la que ejercieron no sea precisamente de mi gusto. He demostrado incluso la mayor comprensión hacia mi predecesor Largo Caballero, aunque me consta que hay todavía españoles vivos que no entienden que se erija una estatua al Lenin español. Yo la vi como un símbolo de que todos habíamos asumido la historia común y de que por fin convivían en una esquina de los nuevos Ministerios, aunque fuera en bronce, quienes la habían escrito durante nuestro último enfrentamiento civil.
Aquel espíritu de pacificación y de superación de incompatibilidades históricas mediante el respeto de todas las ejecutorias se ha venido agusanando y a medida que van desapareciendo los testigos se quiere extender la versión de que en 1975 salimos de una tiranía execrable, de una dictadura de exterminio, de una España gobernada por una pandilla de golpistas que interrumpieron de manera abrupta una idílica situación democrática y metieron al país en un siniestro túnel que duró cuarenta años.
¡A ver qué fuerza política se atreve a poner el menor reparo a la demonización del Generalísimo! ¡A ver quién se atreve a recordar a sus abuelos, si éstos -lejos de mantenerse republicanos- dejaron constancia de que Franco «obtuvo una de las grandes victoria castrenses, políticas y morales que iluminan la Historia de España» o nos lo describieron como el «Caudillo de la Cruzada redentora de España»! Y, sin embargo, este afán de ultrajar su memoria a la vez que se exalta la de quienes con su conducta provocaron la reacción de media España, no sólo no contribuye a la mejor convivencia civil, sino que está despertando enemistades, enfrentamientos y amarguras absolutamente innecesarias y bien fácilmente evitables.
Cuando quitaron la estatua de Franco de la Plaza de San Juan de la Cruz expuse mi opinión a quien debía, sin dar tres cuartos al pregonero. Después retiraron la de la Academia Militar de Zaragoza, donde su director había hecho aquel histórico llamamiento a la disciplina «que reviste su verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía o cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando». ¿Qué es lo que hizo mal Franco en la Academia? ¿A qué viene homenajear a Companys, de quien el presidente del Consejo de Ministros escribió en la Gaceta de Madrid el 7 de octubre de 1934 que había olvidado todos los deberes que le imponía su cargo, su honor y su responsabilidad? ¿Qué explicación puede darse a los más jóvenes cuando se hacen constantes homenajes a quienes vulneraron a ciencia y conciencia la legalidad republicana y los cimientos mismos de la democracia y se vitupera la memoria de quienes se rebelaron, no contra la República, sino contra «la chusma que se había apoderado de ella», aquel «vasto clan de depravados» con quienes Azaña no quiso admitir la menor conexión?
No faltará quien aproveche este modesto pronunciamiento mío para incluirme entre los nostálgicos o para concederme el título de «facha» con que distinguen a cuantos no piensan como ellos. Tendrá sin embargo que malinterpretarme porque yo soy de los que prefieren que Franco esté en la Historia y no en el presente. Es por respeto a la Historia común por lo que escribo lo que escribo.
El silencio para no excitar pasiones puede ser una virtud democrática, pero llega un momento en que puede también confundirse con la cobardía y algunos no queremos merecer ese calificativo. Por eso me atrevo a pedir a los actuales gobernantes que, sin perjuicio de cuantas reparaciones sean posibles, huyan de la tentación de vituperar a media España para tener contenta a la otra media. Aparte, claro, de que resulta estéril el intento de reescribir la Historia y absolutamente pueril el afán de borrar cualquier huella, signo, símbolo o memoria del Régimen de Franco cuando España está repleta de vestigios que la evocan y cuando cada año se celebran -desde 1989 y hasta 2005 (D.m.)- cinco o seis cincuentenarios de realizaciones literalmente memorables.
No desearía irritar a nadie, sino contribuir a recuperar la buena voluntad con que nos entendimos a partir de 1976, pero no me resisto a decir que espero confiadamente en que la supresión de los recuerdos no llegue a la primera página del texto original de la Constitución de 1978, firmado por S. M. el Rey y por los parlamentarios constituyentes y en la que figura con todos los honores el escudo de España que presidió el Régimen de Franco, sin el que nadie puede explicar a los más jóvenes las raíces de nuestra actual vida democrática.
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