Pablo Romero, Hispanidad
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. (El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, capítulo LVIII)
Europa está en peligro de muerte y, muy probablemente, ha dado inicio su agonía final. O dicho de otro modo, una terrible mezcla de hedonismo nihilista, desidia y estupidez está destruyendo, al mismo tiempo, la verdad de nuestra historia y la esperanza en un porvenir libre. En cierto sentido, toda civilización (así el Imperio Romano, y después de él todos los demás) se sume, de forma inevitable y a partir de un determinado momento histórico, en un paulatino proceso de postración; y todo indica que el nuestro ha llegado. Este es el terrible diagnóstico de Bruce Bawer, periodista y escritor americano, liberal residente en Europa desde hace diez años y amante de su país, pero todavía más amante de la libertad y los principios que hicieron posible los logros, inalcanzados hasta hoy, del modo de vida occidental. El libro de Bawer está escrito con ese estilo ágil, extremadamente documentado y ameno, característico de la escuela anglosajona, y se antoja imprescindible para conocer las causas últimas de semejante suicidio colectivo. Las virtudes del libro son múltiples: en primer lugar, sitúa la cuestión de fondo, el rendimiento moral de un continente entero (casi una civilización) como la causa última del auge de los totalitarismos (fascismo izquierdista, regionalismos, nacionalismos varios), esas modernas enfermedades del alma que asolan las mentes europeas. Afortunadamente, Bawer huye de la insoportable corrección política al uso, y arremete contra pseudo-conceptos vacuos (multiculturalismo, diálogo, tolerancia, diversidad…) utilizados a modo de mantra por la progresía descerebrada que maneja los hilos de la burocracia europea. Pero si bien esto resulta evidente, y una vez asumido que Europa se desliza hacia el desastre, la cuestión fundamental es: ¿por qué ahora y qué soluciones hay?
El análisis de Bawer es tan lúcido como devastador. Y sus conclusiones demoledoras: en primer lugar, las elites políticas e intelectuales europeas, dedicadas por entera a estupideces acientíficas como el llamado calentamiento del planeta, han olvidado defender los principios que hicieron posible nuestras libertades y, por ende, nuestros derechos como ciudadanos, no como siervos. No es el planeta el que está en peligro, sino nuestra propia supervivencia. Su connivencia y, en algunos casos, explícita colaboración con aquellos que abiertamente se declaran nuestros enemigos, revela el grado de imbecilidad y sectarismo al que hemos llegado. Aunque parezca lo contrario, ese enemigo, aun siendo en cierto sentido ajeno (no olvidemos que la cultura islámica es, todavía hoy, un cuerpo extraño en nuestro continente) anida mucho más en nuestra mentalidad que en ninguna otra parte. O dicho de un modo más directo: nuestro problema es interior y, por lo tanto, lo es en un doble sentido. Porque como diagnostica con admirable lucidez y valentía Bawer, “al final, el enemigo de Europa no es el Islam, ni el islam radical siquiera. El enemigo de Europa es ella misma, su autodestructiva pasividad, su falta de mano dura frente a la tiranía, su perpetua inclinación al apaciguamiento y su absurda aversión por el orgullo, el valor y la determinación de Estados Unidos frente a un enemigo letal”.
De modo que el final se producirá, con total seguridad, como una lenta y sorda implosión. Y ocurrirá por varios motivos que remiten a una única causa primigenia: la aquiescencia indolora de una parte de la población que vive de espaldas a la realidad, más preocupada por sus miserias cotidianas (una ingenua y empalagosa mezcolanza de buenismo materialista) que por preservar las condiciones que han hecho posible ese progreso material y espiritual. Como afirma Bawer: “esta incapacidad es especialmente pronunciada entre la elite de Europa occidental. El político alemán medio, el periodista francés o el profesor sueco sencillamente no pueden imaginarse una vida guiada por convicciones religiosas. Cuando se les enfrenta con el hecho de que son de verdad tales creencias –aunque sean especialmente oscuras y retorcidas- lo que impele a los islamistas, su impulso más inmediato es el de quitarle importancia: no, no puede ser. Tiene que ser por otra cosa. Tiene que ser algo que tenga que ver con nosotros, algo como la pobreza, la opresión o el colonialismo. Los análisis neomarxistas son muy socorridos. Y de estas interpretaciones erróneas de la realidad surge una gran cantidad de reacciones tremendamente desatinadas”. Esa es la retórica vacua y gastada de la intelligentsia europea, esas elites convertidas en auténticas “castas” y que se consideran los dueños del cortijo. El segundo motivo es la palmaria cobertura que los totalitarismos de ayer y de hoy se proporcionan mutuamente. En el fondo connivencia en el recelo y el odio a la libertad, por eso no ha de extrañar la comunión de fines, aunque no siempre de estrategias, entre la socialdemocracia europea (muchos de ellos antiguos prosélitos del marxismo) y el totalitarismo islamista.
Así pues, es éste un libro fascinante y revelador en grado sumo, que huye de falsos mesianismos para adentrarse en el huevo de la serpiente y alertarnos de la inminencia del mal. Por todos esos motivos, y otros que la limitada extensión de esta crítica impide analizar in extenso, es éste un libro que hay que leer, meditar y recomendar a todos los que todavía les mueva la salvaguarda de las libertades individuales en nuestro viejo continente. Lo que nos jugamos es demasiado importante. De lo contrario, salvo que tomemos conciencia de cuál es la verdadera situación e intentemos remediarla, más pronto que tarde, y ampliando un tanto la metáfora de Ortega, deberemos convenir en que “Europa ha hecho el mundo, y Europa lo ha deshecho”.
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