miércoles, julio 04, 2007

DISCURSO DE MARIANO RAJOY en el debate sobre el Estado de la Nación

Libertad Digital: DISCURSO ÍNTEGRO DE MARIANO RAJOY

El señor Rodríguez Zapatero, ya es la tercera vez que se lo digo, no sabe qué hacer con el Gobierno. No lo sabe. Por lo visto piensa que gobernar es cualquier cosa que haga quien ocupa el gobierno, y no es así. No basta estar en el gobierno para gobernar, como no basta tener los ojos abiertos para estar despierto.

Es sabido que el señor Rodríguez Zapatero carece de rumbo fijo. Su objetivo se ha reducido a navegar. Las únicas medidas que ha tomado son aquellas que pensaba que le ayudarían a seguir navegando. Así es como, un año tras otro año, no hemos llegado a ningún sitio. Estamos ya a punto de malversar una legislatura completa dejándonos llevar, haciendo gestos para la galería y, eso sí, echando la culpa a la oposición.

Este es el primer balance de la gestión: un vacío, un paréntesis, una dejación. España padece tres años de siesta gubernamental y usted no acaba de entender esas prisas que se toman los demás países para cosas “sin importancia”.

Ya sé que pedirle concreciones es una pretensión frustrante pero vamos a intentarlo: ¿Puede indicarme cuáles son las decisiones económicas de su Gobierno a las que podamos atribuir la bonanza? No puede. ¿Por qué? Por que no ha tomado ninguna, ni para bien ni para mal.

¿Cuál ha sido su principal virtud como gobernante? No estropear la economía. Ahí le aplaudo. Podía haber arrasado lo que se encontró, como hizo con el capítulo del agua, con el de la educación, con el del consenso constitucional o con el del terrorismo: tabla rasa con todo; pero no. Tuvo el acierto de dejar las cosas de la economía como estaban. No sé si es mérito suyo o del señor Solbes, pero eso le ha salvado.

Por tanto, las cifras macroeconómicas están muy bien, pero hay un peor reparto de la riqueza, se ha estancado la convergencia real y los preparativos para el futuro están por estrenar. No es para estar orgulloso.

Menos aún porque a lo que no ha hecho se suma lo que no debió hacer. Sabe perfectamente a qué me refiero: a ese vicio incurable de meter la mano donde no debe; esa arcaica tentación socialista conocida como intervencionismo y que en castellano simple quiere decir ensuciar la transparencia del mercado o, más lisamente, hacer trampas.

Hablo de la OPA, del acoso a empresarios, de la escasa fiabilidad de los organismos reguladores, de las oscuras maniobras de su Oficina Económica, y de las perniciosas consecuencias que todo esto acarrea para la imagen de nuestro país, para la confianza de nuestra economía, para la inversión extranjera. Pocas veces la prensa internacional nos ha tratado tan mal. Este es un daño objetivo, pero como usted ni lo reconoce ni se arrepiente, no lo puede corregir. No es para estar orgulloso ¿verdad?

Y en lo puramente doméstico, en el día a día, ¿a dónde se han dirigido sus desvelos? ¿Ha llevado usted agua a donde hace falta, ha facilitado el acceso a la vivienda, ha detenido la avalancha de inmigrantes, ha mejorado la seguridad ciudadana? La respuesta es no, siempre no. Se repiten los mismos asuntos que repasamos el año pasado con los mismos defectos. ¿En qué hemos mejorado durante este año?

La educación sigue siendo ”manifiestamente mejorable”. Ridícula ha dicho el gobernador del Banco de España al recordar que es el punto esencial para que crezca la productividad. Pues bien, del año pasado a éste lo único que parece importar a su señoría es que a ningún niño le falte el catecismo del buen socialista. El mérito, el esfuerzo, la excelencia, la autoridad de los profesores o la calidad de la educación, obviamente, no son sus objetivos.

El pasado año entraron en España 640.000 inmigrantes, más que en Francia, Italia, Gran Bretaña y Alemania juntas y si dejamos a un lado el efecto estadístico producido por el ingreso de Rumania y Bulgaria en la Unión Europea, superamos con mucho el millón de inmigrantes en situación irregular. Sigue el efecto llamada y el drama humano. Sobran las ocurrencias y hace falta una política que aborde con eficacia los problemas y aproveche las oportunidades.

Por cierto, es hora de que usted dé la cara. Han pasado 10 días de la muerte de seis soldados españoles en el Líbano. Aún no se ha dirigido a los españoles, no ha explicado los riesgos que corren nuestros soldados y no ha hecho referencia alguna a las medidas para mejorar su seguridad. Ya son demasiadas las veces en las que usted se esconde. Siempre que hay una dificultad España está sin presidente del gobierno.

En resumen es obvio que estamos ante una gestión manifiestamente mejorable. No ha hecho nada de lo que debiera haber hecho, nos ha traído una gestión gris en el día a día y, para compensar o para disimular, pone toda su orgullo en las llamadas leyes sobre derechos sociales.

Pero dejemos esto ya, señorías, que el tiempo corre. Resumiré mis impresiones en dos palabras: No se ha conocido en todo el periodo de la España democrática una gestión tan pobre, tan alicorta, tan carente de perspectiva como la de estos tres años. Pero no me refería a esto cuando hablaba de una política lamentable. Malo es que el país se estanque porque el Gobierno es incompetente. Esto puede pasar en cualquier parte. Malo es que el Gobierno se muestre ufano con una gestión tan triste como la que hemos conocido. Esto suele pasar en muchas partes. Lo que no ocurre en ninguna parte es que se fomente deliberadamente la división de los ciudadanos causando con ello un grave daño a la convivencia.

Su primer error grave por el daño que ha causado, y ya veremos el que causa, lo simboliza eso que llaman Ley de Memoria Histórica que, con el pretexto de satisfacer deudas de justicia pendientes, no tiene más efecto práctico que sembrar cizaña entre los españoles.

Ya sabemos, señoría, que a usted no le gusta cómo se hizo la Transición. Una de las razones por las que no le gusta es que, a su parecer, quedaron cuentas pendientes. Es una pena, señoría, que no se pudiera contar en 1978 con su asesoramiento, pero los que hicieron la Transición y los españoles que la apoyamos con nuestros votos, adoptamos como principio fundamental la convivencia en paz. No teníamos ninguna preocupación mayor que esa.

Entre 1836 y 1936, los españoles hemos conocido tres guerras civiles. Tres, señoría. Un país que ha conocido tres guerras civiles en un siglo, es razonable que, cuando sale de la dictadura que siguió a la última guerra, se preocupe por la convivencia en paz. Es muy razonable. Por eso, los españoles decidimos, por aclamación, aceptar todo aquello que pudiera servir para construir un futuro de entendimiento, y rechazar con la misma energía todo lo que pudiera dividirnos.

Los españoles que fueron capaces de alcanzar esa altísima cota de nobleza, los españoles que decidieron mirar al frente y ordenar la casa que debían habitar sus hijos, no se merecen que se banalice su historia o que pretenda nadie, a estas alturas y a esta distancia, erigirse en tribunal y determinar, caprichosamente, insensatamente, quienes son buenos y quienes son malos.

El segundo de sus errores graves, por el daño que ha causado –y ya veremos el que causa– ha sido su gestión del Estatuto de Cataluña. Fíjese bien: digo su gestión. No voy a hablar del Estatuto si no de su gestión. Lo cito únicamente porque con él comienza la historia en la que el señor Rodríguez Zapatero decidió reinventar la estructura del Estado, quebrar los consensos, discutir la nación, repartir la soberanía y retorcer la Constitución.

Como ha dicho muy bien un político de su partido: por primera vez en la historia democrática española, se ha acometido un cambio de la estructura del Estado sin apoyo intelectual y sin el consenso del principal partido de la oposición.

En suma, ha jugueteado con la estructura del Estado como un niño con un mecano. Se ha creído que esto de España, el Estado, la Nación, la soberanía, son piezas discutibles y prescindibles que se pueden desmontar a capricho sin consecuencias.

Esto, si lo juzgamos intelectualmente, no alcanza ni siquiera la categoría de ocurrencia. Si hacemos un juicio moral, es una temeridad típica de quien actúa sin considerar las consecuencias de sus actos. En términos políticos, es el peor fallo que se le puede imputar a un dirigente: la imprudencia. Y si a ello le sumamos su afán por pactar con fuerzas políticas abiertamente contrarias a nuestro texto constitucional, como ha ocurrido recientemente en Baleares, la imprudencia adquiere la condición de temeraria

Pues bien: el tercero de sus errores graves, por el daño que ha causado –y ya veremos el que causa– ha sido su lamentable actuación en esa fantasmagoría que, utilizando la terminología de los terroristas, llamó proceso de paz. No le reprocho, señoría, que, cuando existen razones para suponer que ETA puede cambiar de actitud, se explore esa posibilidad. Eso es sensato y cuesta muy poco trabajo. Eso es lo que nos dijo usted que iba a hacer cuando ETA anunció su tregua.

Se nos dijo que existía una posibilidad para la paz; que estábamos ante una oportunidad histórica porque ETA se había cansado; que debía intentarse y que no se iba a pagar precio político alguno.

Lo cierto es que no había ninguna posibilidad y se sabía. No necesitaba, usted, explorar nada porque de sobra conocía el terreno. Desde el primer día que hablaron con ETA sabía que no pensaba rendirse y usted lo aceptó. Sabía que ETA reclamaba la Alternativa KAS completa y usted dijo que se podía hablar. Sabía que ETA no pensaba ni dejar las armas ni disolverse sin conseguir sus objetivos políticos y usted lo aceptó.

Nos mintió. No era usted quien exploraba a ETA. Era ETA quien estaba explorando hasta dónde podía llegar usted. No diga que cumplió con su deber al intentarlo y que es ETA quien se equivoca. No nos cuente que lo hizo de buena fe. ¿Dónde está la buena fe? A la vista de los hechos y de lo que hemos podido conocer resulta evidente que:

Pactó con ETA-Batasuna que volverían a los Ayuntamientos, pero que había que vestirlo para que no se notara. ¿Es eso buena fe? Pactó con ETA-Batasuna incluir en su declaración en el Congreso de los Diputados en el año 2006 la expresión “el derecho a decidir de los vascos”. ¿Es eso buena fe? Pactó con ETA la excarcelación de De Juana Chaos, llamándolo gesto humanitario para que no se notara. ¿Es eso buena fe? Pactó con ETA la comedia de pedir permiso al Parlamento para hablar con ETA. ¿Dónde está la buena fe?

Comprenderá que, después de lo ocurrido, es natural que se le contemple con recelo. Ha mentido hasta unos extremos inéditos. Ha quebrado algo tan irreparable como la confianza. Revise qué decían sus libros de la Universidad sobre lo que se debe hacer cuando un gobernante traiciona la confianza de los gobernados.

Es hora de terminar, señorías. Como decía Ortega, el verdadero tesoro del hombre es el tesoro de sus errores. Según esto, usted podría ser riquísimo, señor Rodríguez Zapatero, pero no lo es ¿Sabe por qué? Porque los errores son muy rentables si se reconocen y se aprende de ellos. Usted por el contrario, ni los reconoce ni se enmienda. Transforma la posible riqueza en despilfarro y la confianza en recelo.

Termina su tiempo y lo ha desperdiciado. Si comparamos sus resultados con los de los Presidentes que le han precedido, el balance es tan pobre, que casi da vergüenza criticarlo. Su gobierno representa un paréntesis, una triste pausa en la evolución de la España democrática. Deja la Nación en peor estado de cómo la encontró y ya nadie espera que la mejore.

No ha acertado en nada de lo importante y ha logrado que en su gestión sobresalga lo negativo. Se le recordará por esto: por la discordia que ha sembrado, por los desajustes en la estructura del Estado, y, sobre todo, por engañar a todo el mundo, por explotar la buena fe de los españoles con el gran fraude de la falsa oportunidad para la paz.

Un gobernante puede perder la confianza de los ciudadanos si comete un error grave; puede perderla igualmente si retuerce la ley; puede perderla, en fin, por mentir. Usted ha hecho las tres cosas. Ha cometido un error gravísimo cuyas consecuencias están por ver. Ha jugado con la ley y es notorio que está mintiendo a los españoles desde mucho antes de ocupar ese escaño.

En la réplica:

"Un presidente está para tener un proyecto político claro, para liderar a la nación, para dar confianza. Para estar donde tiene que estar en los momentos en que la nación y los acontecimientos lo exijan. Usted no tiene talla para liderar la situación del país en estos momentos. Su obligación es explicarse. Si ya perdimos las elecciones, la gente lo sabe. Debe dar explicaciones de su negociación con ETA. Ese es el asunto más importante de esta legislatura. Usted utilizó el parlamento para negociar con ETA. Usted debe dar explicaciones al parlamento. Usted pactó con ETA la resolución parlamentaria. Usted vino aquí a anunciar en 2006 después de que hablara el líder de la Oposición que se iba a reunir con Batasuna. Y de eso tiene que dar explicaciones. Esto es un régimen parlamentario. Aquí es donde tiene que explicar sus mentiras. Sí, las suyas. Y le diré cuáles han sido. Engañó en 2005 a mi Grupo con una propuesta de diálogo que rompía el pacto anti-terrorista. Pactamos no hacer del terrorismo el tema del debate del estado de la nación en 2006 y anunció su reunión con batasuna, lo único que le pedí que no hiciera. De qué deslealtad me habla usted. Primero dijo que aplicaría la ley de partidos y batasuna está en las instituciones. Dijo que no había negociado ocn ETA, ¿quién le cree? dijo que no había negociado después de la T4 ¿quién le cree a usted?"

Zapatero negaba con melodramático balanceo de cabeza. Por primera vez en los debates de este formato, Zapatero parece acorralado.

"Su palabra ya no vale. No me fío de usted y la inmensa mayoría de la sociedad tampoco. Por qué no ha dado una explicación a los españoles. désela también a su grupo que no conoce esa explicación"

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