viernes, marzo 17, 2006

La «expulsión de Cristo» de la historia

Acaba de salir en italiano el libro escrito por Rosa Alberoni: «La expulsión de Cristo» («La cacciata di Cristo», editorial Rizzoli) en el que se presentan los horrores creados por las ideologías que han querido rechazar a Cristo en la historia.

En concreto, la profesora Alberoni, profesora de Sociología General en la Universidad Libre de Lenguas y Comunicación (IULM) de Milán, describe el jacobinismo, el comunismo y el nazismo como tres consecuencias de esta animadversión contra el cristianismo.(...)

La profesora Alberoni, que también es periodista y escritora, publica semanalmente un artículo en «Il Corriere della Sera», el diario de mayor tirada de Italia.

--En su libro sostiene que la Ilustración y, sobre todo demagogos como Jean-Jacques Rousseau, han tenido por objetivo eliminar a Dios, negar a Cristo, legitimar la dictadura, anular a los individuos y difundir el paganismo. ¿Puede explicarnos por qué hace un juicio tan drástico?

--Rosa Alberoni: No es un juicio, es una constatación incontestable. Es historia. Y la historia es obstinada porque muestra los hechos: los campos de concentración, la arrogancia de los dictadores como Robespierre, Stalin y Hitler, no son más que la aplicación de los modelos de sociedad propuestos por Rousseau y por Marx. Por otra parte, basta leer todo lo que Rousseau escribe en sus obras políticas: «Discurso sobre el origen de la desigualdad» y en el «Contrato social» para verificar la monstruosidad de su pensamiento.

En la historia de la expulsión de Cristo de Europa, el puesto más eminente hay que dárselo a Rousseau, el cabeza de los anticristos. Con la idea del buen «salvaje», el filósofo francés niega la Creación hecha por Dios y la Redención del hombre por Cristo, y rechaza todo progreso histórico, porque sería expresión de corrupción y degeneración. Para Rousseau, las causas primeras de la degeneración del buen «salvaje» son nada menos que el uso de la libertad y la familia.

En su obra el «Contrato social», el filósofo francés diseña una sociedad inhumana, donde los hombres «ceden», sin posibilidad de vuelta atrás, toda su humanidad al «Cuerpo soberano», que gobierna mediante una divinidad abstracta que es la «Voluntad general». Así un pueblo debe inmolarse para tener en cambio la esclavitud más feroz. Una forma de esclavitud que nunca existió antes en la historia de la humanidad. Ni siquiera Moloch, el dios babilonio de los sacrificios humanos, pedía tanto. Hoy sabemos que el concepto de «Voluntad general» de Rousseau dio legitimidad al totalitarismo, un modelo tomado como ejemplo por las peores dictaduras del siglo XX: comunismo y nazismo.

La Revolución francesa no fue sólo una guerra entre aristocracia y burguesía naciente, sino también una guerra contra el cristianismo. Una guerra para apoyar las divinidades e ídolos de una nueva religión, llamada «de las luces», siempre con la intención de expulsar a Cristo y su mensaje revolucionario y redentor. Rousseau, Condorcet, Robespierre, negaron a Dios y expulsaron a Cristo, presentándonos primero un dios de los deístas, indeterminado, sin nombre, sin una historia sagrada, luego nos presentaron el dios de los masones, el Gran Arquitecto del Universo, con muchas divinidades. El cuerpo soberano, identificado con la República, la «Voluntad general» de Rousseau, por último, la «diosa razón» de los jacobinos, a quien incluso se le tributa culto público. Todos estos dioses tienen un solo adversario: la Iglesia de Cristo.

Querría recordar que el 6 de octubre de 1793, la Convención francesa abolió la datación cristiana y la sustituyó por la revolucionaria. Para los revolucionarios franceses, la historia no empieza con Cristo sino con la República Francesa y la diosa razón. En cuanto a la historia de la ciencia, quizá hoy se olvida que la ciencia moderna nació sobre los principios de la civilización cristiana. Y que Copérnico, Galileo, Kepler, Newton y Pascal eran todos creyentes cristianos. (...)

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