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El tercer capítulo del libro, «Los matamoros de papel», es un alegato en defensa de Aznar. De sus ocho años de gestión, pero también de los últimos tres controvertidos días de su mandato. Ayer se cumplió el segundo aniversario de los atentados. Este libro fue escrito sólo meses después. Y a las entreveradas tramas sobre el 11-M, que unos siguen trenzando y otros desprecian, el ensayista contrapone preguntas simples: «¿Podemos acusar de manipulación a un Gobierno que en 48 horas reconoció haberse equivocado?».
– Pregunta: Esa visión unívoca de Aznar que ofreció Francia tras los atentados, ¿es un ejemplo del «pensamiento único» que usted denuncia?
– Respuesta: En Francia se produjo una auténtica unión nacional para demonizar a Aznar y acusarlo de manipulador. El 95 por ciento de la prensa gala mantuvo ese discurso, cuando días antes ensalzaba al español. Volvimos a querer darle una lección a los demás, con nuestra arrogancia, cuando, al margen de los errores de Aznar, éste puede estar orgulloso de un buen número de éxitos que ningún gobernante francés ha conseguido en los últimos 30 años.
– P: Usted sostiene que «todo convergía en señalar a ETA en primer lugar».
– R: El jueves 11 de marzo, por la mañana, en nuestra conferencia de redacción, todos pensábamos que había sido ETA. Y en Francia, también. Por el intento de atentado en un tren, en Navidad, y la camioneta interceptada con 500 kilos de explosivos. El sábado a media tarde, el Gobierno español rectifica. ¿Podemos acusar a un Gobierno de manipulación porque en 48 horas pasó de un indicio a otro? El sábado, Aznar reconoció su error y anunció la nueva línea de investigación. Los políticos galos saltaron a la palestra para machacarlo, cuando conocen la dificultad de gestionar esos problemas en tiempo real.
– P: «Francia intentó demostrar que Aznar era un mentiroso [...] Se fabricó una verdad francesa», escribe usted. ¿Quiere decir que hubo una campaña orquestada por dirigentes franceses?
– R: Hubo un rechazo francés a mirar los hechos como fueron y una intención de demonizar a Aznar. Días antes había dado una entrevista a «Le Monde» que fue portada. Los políticos galos interpretaron como un signo de petulancia ¡que el presidente español dijese que había que saber poner fin a una carrera política! «Le Monde», que le rindió un homenaje aquel día en un editorial, no dudó en colaborar luego en el ensañamiento.
– P: La entrevista no explica por sí sola el odio visceral de la mayoría de los dirigentes franceses, salvo Sarkozy, contra Aznar. ¿Cuál es la principal diferencia entre él y los políticos galos?
– R: Aznar fue el invitado estrella de la fundación de la UMP, en noviembre de 2002. Fue erigido en ídolo y modelo del centroderecha. Luego se le decapitó. Todo porque Aznar defendió legítimamente los intereses de España en la negociación sobre la Constitución Europea. Como hizo Francia. París no soportó que la voz española no se plegase, igual que cuando Chirac espetó a los países de Europa del Este que habrían hecho mejor callándose que apoyando a EE UU en la invasión de Irak. El resultado es la nula influencia de Francia hoy en Europa. Por no hablar de lo mal que sentó que Aznar apoyase a Bush en Irak.
–P: Precisamente, usted dice que, al margen de que pudiese ser una equivocación, Aznar se comprometió en Irak «como un demócrata sincero, decidido a combatir por la libertad, contra el terrorismo islamista que amenaza nuestra civilización». ¿Bush y Blair también?
– R: Sí. Fui de los pocos favorables a la intervención militar en Francia. Por la legitimidad del derecho de injerencia para salvar a un pueblo martirizado. Y porque, a pesar del vergonzoso escándalo de trucar pruebas contra Sadam, había un interés geoestratégico en derrocarle. En Francia, nadie ha reconocido que ha habido tres elecciones democráticas, a pesar de la violencia. Como estuvimos en desacuerdo, jamás aceptaremos otra respuesta que el simple fracaso.
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