miércoles, noviembre 10, 2010
domingo, octubre 03, 2010
sábado, abril 17, 2010
La revancha de Zapatero o la ruptura con la Transición
José Antonio Zarzalejos en www.elconfidencial.com
(...) La conclusión es que se ha producido un fin de época, que se reabre el debate histórico treinta y cinco años después de fallecido el dictador, cuando creíamos haber superado la disputa trágica entre españoles; y que la Constitución no da ya respuesta mediante el Estado autonómico a las aspiraciones de autogobierno de la nacionalidad más importante -cuantitativa y cualitativamente- de las que coexisten en España, la catalana. Y no da respuesta porque se han alimentado unas expectativas que han exteriorizado, con casi imposible marcha atrás, los programas de máximos de un catalanismo que en estas tres décadas ha formado parte mucho más de la solución que del problema hasta que el PSC -con el independentismo de ERC y el izquierdismo extremo de ICV- llegó a la Generalidad.
¿Era éste el propósito de Rodríguez Zapatero? Muchos piensan que sí porque de lo contrario no hubiera llegado tan lejos, habría desautorizado el acto de la Universidad Complutense en términos inequívocos, y respaldado al Tribunal Supremo. Del mismo modo, en el caso del Estatuto catalán, habría evitado aquella enorme frivolidad de “aceptaré el Estatuto que remita Cataluña” pronunciada ante Maragall en la campaña electoral de marzo de 2004.
Rodríguez Zapatero ha acudido siempre a imponer su política con medidas extremas de tal manera que la situación creada es el corolario inevitable de aquellas. El presidente, además, ha buscado la excitación de los grupos nostálgicos de la derecha postfranquista para activarlos y enfrentarlos a los de la izquierda revanchista. También lo ha conseguido. En España estamos recogiendo lo que el Gobierno socialista ha sembrado a ciencia y conciencia desde 2004, desafiando y desautorizando a la izquierda de González que gobernó nuestro país nada menos que trece años. Sumados a los seis de su mandato, el PSOE lleva dirigiendo este país diecinueve años desde 1978, dato histórico que certifica que es el revanchismo, el ánimo letal de acabar con el espíritu constitucional -que era de reconciliación y convergencia-, el que ha animado la primera legislatura y lo que llevamos de la presente bajo la dirección del actual presidente del Gobierno.
A él le corresponde el dudoso mérito de haber sometido al Tribunal Supremo al mayor y peor desgaste de su historia -Garzón, como otras veces en su trayectoria de bandazos no es más que un pretexto para el revanchismo izquierdista- y de haber conseguido destrozar la credibilidad del Tribunal Constitucional. Y de volver a abrir en canal la cuestión territorial, que ha sido el caballo de batalla de toda la historia del constitucionalismo español desde la I Republica en 1873. Por si fuera poco, un hombre de estas características es el que debe conducir el país cuando atraviesa por la peor recesión de las últimas décadas.
Rodríguez Zapatero -mesiánico- ha querido reescribir la historia. Parece que lo ha conseguido mediante la explosión controlada del edificio constitucional de 1978 y el exterminio del espíritu de sus arquitectos. Después de conseguida la revancha planteada nada menos que ante un tribunal argentino, ¿ahora qué, señor Presidente?
(...) La conclusión es que se ha producido un fin de época, que se reabre el debate histórico treinta y cinco años después de fallecido el dictador, cuando creíamos haber superado la disputa trágica entre españoles; y que la Constitución no da ya respuesta mediante el Estado autonómico a las aspiraciones de autogobierno de la nacionalidad más importante -cuantitativa y cualitativamente- de las que coexisten en España, la catalana. Y no da respuesta porque se han alimentado unas expectativas que han exteriorizado, con casi imposible marcha atrás, los programas de máximos de un catalanismo que en estas tres décadas ha formado parte mucho más de la solución que del problema hasta que el PSC -con el independentismo de ERC y el izquierdismo extremo de ICV- llegó a la Generalidad.
¿Era éste el propósito de Rodríguez Zapatero? Muchos piensan que sí porque de lo contrario no hubiera llegado tan lejos, habría desautorizado el acto de la Universidad Complutense en términos inequívocos, y respaldado al Tribunal Supremo. Del mismo modo, en el caso del Estatuto catalán, habría evitado aquella enorme frivolidad de “aceptaré el Estatuto que remita Cataluña” pronunciada ante Maragall en la campaña electoral de marzo de 2004.
Rodríguez Zapatero ha acudido siempre a imponer su política con medidas extremas de tal manera que la situación creada es el corolario inevitable de aquellas. El presidente, además, ha buscado la excitación de los grupos nostálgicos de la derecha postfranquista para activarlos y enfrentarlos a los de la izquierda revanchista. También lo ha conseguido. En España estamos recogiendo lo que el Gobierno socialista ha sembrado a ciencia y conciencia desde 2004, desafiando y desautorizando a la izquierda de González que gobernó nuestro país nada menos que trece años. Sumados a los seis de su mandato, el PSOE lleva dirigiendo este país diecinueve años desde 1978, dato histórico que certifica que es el revanchismo, el ánimo letal de acabar con el espíritu constitucional -que era de reconciliación y convergencia-, el que ha animado la primera legislatura y lo que llevamos de la presente bajo la dirección del actual presidente del Gobierno.
A él le corresponde el dudoso mérito de haber sometido al Tribunal Supremo al mayor y peor desgaste de su historia -Garzón, como otras veces en su trayectoria de bandazos no es más que un pretexto para el revanchismo izquierdista- y de haber conseguido destrozar la credibilidad del Tribunal Constitucional. Y de volver a abrir en canal la cuestión territorial, que ha sido el caballo de batalla de toda la historia del constitucionalismo español desde la I Republica en 1873. Por si fuera poco, un hombre de estas características es el que debe conducir el país cuando atraviesa por la peor recesión de las últimas décadas.
Rodríguez Zapatero -mesiánico- ha querido reescribir la historia. Parece que lo ha conseguido mediante la explosión controlada del edificio constitucional de 1978 y el exterminio del espíritu de sus arquitectos. Después de conseguida la revancha planteada nada menos que ante un tribunal argentino, ¿ahora qué, señor Presidente?
viernes, marzo 26, 2010
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