Federico Quevedo - elConfidencial.com
Este es el modo de actuar de una dictadura, por blanda que pueda hoy parecer mientras sigan existiendo instituciones libres de la arbitrariedad 'zapateril'. Todo se oculta, se actúa desde la impunidad del silencio informativo, se vulnera la ley incluso cuando se elaboran las leyes –en contra de la ley máxima, es decir, de la Constitución y de la soberanía nacional-, se quebrantan los consensos básicos, los principios morales que hicieron posible la convivencia en libertad, se controlan las conciencias y los estómagos, y se pretende encarcelar la memoria tergiversando el recuerdo de tiempos pasados. Algún día beberemos coca-cola en la clandestinidad, pero mientras llega, nos habremos ido quedando sin referentes éticos por culpa de nuestra propia miseria acomodaticia.
domingo, diciembre 10, 2006
sábado, diciembre 09, 2006
1931, una Constitución de partido
ABC.es: MANUEL ÁLVAREZ TARDÍO Profesor de Historia Política de la Universidad Rey Juan Carlos
Tres días antes de que el Congreso aprobara el texto definitivo de la nueva Constitución republicana, José Ortega y Gasset se lamentaba en público de que, en apenas siete meses, el buen clima que había rodeado la proclamación de la República se hubiera transformado en «desazón, descontento, desánimo, en suma, tristeza».
Para entonces, Niceto Alcalá-Zamora, el líder de la derecha republicana, que había sido presidente del Gobierno provisional hasta el mes de octubre y que en pocos días habría de convertirse en presidente de la República, había manifestado ya su oposición a algunos de los artículos de la Constitución. Más hacia la derecha, en el terreno del conservadurismo católico de antigua filiación monárquica, ahora accidentalista, el grupo político en el que empezaba a destacar el joven José María Gil Robles, se había retirado de las Cortes Constituyentes en protesta por la redacción de los artículos sobre religión y familia, y empezaba ya a preparar a la opinión pública conservadora para una activa campaña a favor de la modificación de la Constitución.
Y en el centro-derecha republicano, el viejo Partido Republicano Radical dirigido por Alejandro Lerroux, que tenía el segundo grupo parlamentario de aquellas Cortes, aunque finalmente diera su apoyo a la nueva Constitución, no iba a tardar en articular un discurso político que hablaba, a su modo, de la necesaria revisión de la norma fundamental.
Así pues, sólo los partidos de la izquierda republicana y el socialista, que juntos sumaban los diputados necesarios para obtener una justa mayoría absoluta en las Cortes, apoyaron sin reservas el texto de la Constitución aprobado el 9 de diciembre de 1931. Para ellos, desde luego, eso no constituía impedimento alguno para consolidar las nuevas instituciones. Estaban orgullosos, como explicara el socialista Luis Jiménez de Asúa, a la sazón presidente de la Comisión Constitucional, de haber elaborado una constitución de izquierdas.
Menoscabo democrático
Aquella Constitución reconoció algunas libertades fundamentales como las de conciencia, reunión y asociación, y estableció un sistema unicameral con un Congreso elegido por sufragio universal libre y secreto. Su carácter liberal democrático se vio, sin embargo, seriamente menoscabado por diferentes aspectos del articulado que suponían, o bien un recorte arbitrario de las libertades, o bien la inclusión de puntos programáticos de la izquierda que no eran propios de un texto constitucional que aspirara a convertirse en unas reglas del juego aceptadas por todos.
El caso paradigmático fue el de la cuestión religiosa. El artículo 27 garantizaba a todos los españoles «la libertad de conciencia y el derecho de profesar y practicar libremente cualquier religión». Pero ese reconocimiento estaba seriamente limitado por el resto del articulado; así, por ejemplo, toda manifestación pública de culto debería ser autorizada por el Gobierno, y ninguna orden religiosa podría dedicarse en adelante a la industria, el comercio o la enseñanza. Y en un país en el que una parte muy importante de la población era católica, sólo se reconocía a las iglesias el derecho «a enseñar sus respectivas doctrinas en sus propios establecimientos», lo que permitiría en breve proceder al cierre de los colegios católicos.
Revolución religiosa
Y todo eso era así porque se trataba, no de garantizar la libertad de conciencia, ni el principio de una Iglesia libre en un Estado libre, sino de hacer posible eso que las izquierdas solían llamar «revolución religiosa», entendida como una acción radical destinada a acabar de una vez por todas con el control católico de las conciencias. Para la izquierda republicana y los socialistas, la libertad de conciencia no era una libertad individual frente al Estado sino un arma en manos de este último para contrarrestar la todavía evidente influencia católica en la sociedad española.
Los serios impedimentos que lastraban la libertad religiosa, la libertad de educación o los derechos de propiedad, eran, sin duda, los principales motivos que habían hecho crecer esa desazón de la que hablara Ortega.
Pero todo aquello era congruente con la idea que se había impuesto en el hemiciclo y que había servido para expulsar a la derecha republicana del Gobierno, la de constitucionalizar la revolución. Idea que se acoplaba muy bien con esa nefasta percepción de que lo peor de la historia del liberalismo español había sido el pacto. «Una constitución -dijo el entonces ministro radical-socialista Álvaro de Albornoz- no puede ser nunca una transacción entre los partidos».
Ya no se trataba de transigir, sino de aplicar los principios sin miramientos. La revolución habría de ser algo más que una simple retórica: un programa de transformación radical de la sociedad española bien anclado en la norma fundamental del nuevo régimen. En ese sentido, la Constitución de 1931, a diferencia de la de 1876, no pasaría de ser uno más de los tradicionales textos de partido que habían impedido la paz y la estabilidad institucional en la España del ochocientos. Por eso, entre otras razones, serviría de contramodelo en la elaboración de la Constitución de 1978.
Tres días antes de que el Congreso aprobara el texto definitivo de la nueva Constitución republicana, José Ortega y Gasset se lamentaba en público de que, en apenas siete meses, el buen clima que había rodeado la proclamación de la República se hubiera transformado en «desazón, descontento, desánimo, en suma, tristeza».
Para entonces, Niceto Alcalá-Zamora, el líder de la derecha republicana, que había sido presidente del Gobierno provisional hasta el mes de octubre y que en pocos días habría de convertirse en presidente de la República, había manifestado ya su oposición a algunos de los artículos de la Constitución. Más hacia la derecha, en el terreno del conservadurismo católico de antigua filiación monárquica, ahora accidentalista, el grupo político en el que empezaba a destacar el joven José María Gil Robles, se había retirado de las Cortes Constituyentes en protesta por la redacción de los artículos sobre religión y familia, y empezaba ya a preparar a la opinión pública conservadora para una activa campaña a favor de la modificación de la Constitución.
Y en el centro-derecha republicano, el viejo Partido Republicano Radical dirigido por Alejandro Lerroux, que tenía el segundo grupo parlamentario de aquellas Cortes, aunque finalmente diera su apoyo a la nueva Constitución, no iba a tardar en articular un discurso político que hablaba, a su modo, de la necesaria revisión de la norma fundamental.
Así pues, sólo los partidos de la izquierda republicana y el socialista, que juntos sumaban los diputados necesarios para obtener una justa mayoría absoluta en las Cortes, apoyaron sin reservas el texto de la Constitución aprobado el 9 de diciembre de 1931. Para ellos, desde luego, eso no constituía impedimento alguno para consolidar las nuevas instituciones. Estaban orgullosos, como explicara el socialista Luis Jiménez de Asúa, a la sazón presidente de la Comisión Constitucional, de haber elaborado una constitución de izquierdas.
Menoscabo democrático
Aquella Constitución reconoció algunas libertades fundamentales como las de conciencia, reunión y asociación, y estableció un sistema unicameral con un Congreso elegido por sufragio universal libre y secreto. Su carácter liberal democrático se vio, sin embargo, seriamente menoscabado por diferentes aspectos del articulado que suponían, o bien un recorte arbitrario de las libertades, o bien la inclusión de puntos programáticos de la izquierda que no eran propios de un texto constitucional que aspirara a convertirse en unas reglas del juego aceptadas por todos.
El caso paradigmático fue el de la cuestión religiosa. El artículo 27 garantizaba a todos los españoles «la libertad de conciencia y el derecho de profesar y practicar libremente cualquier religión». Pero ese reconocimiento estaba seriamente limitado por el resto del articulado; así, por ejemplo, toda manifestación pública de culto debería ser autorizada por el Gobierno, y ninguna orden religiosa podría dedicarse en adelante a la industria, el comercio o la enseñanza. Y en un país en el que una parte muy importante de la población era católica, sólo se reconocía a las iglesias el derecho «a enseñar sus respectivas doctrinas en sus propios establecimientos», lo que permitiría en breve proceder al cierre de los colegios católicos.
Revolución religiosa
Y todo eso era así porque se trataba, no de garantizar la libertad de conciencia, ni el principio de una Iglesia libre en un Estado libre, sino de hacer posible eso que las izquierdas solían llamar «revolución religiosa», entendida como una acción radical destinada a acabar de una vez por todas con el control católico de las conciencias. Para la izquierda republicana y los socialistas, la libertad de conciencia no era una libertad individual frente al Estado sino un arma en manos de este último para contrarrestar la todavía evidente influencia católica en la sociedad española.
Los serios impedimentos que lastraban la libertad religiosa, la libertad de educación o los derechos de propiedad, eran, sin duda, los principales motivos que habían hecho crecer esa desazón de la que hablara Ortega.
Pero todo aquello era congruente con la idea que se había impuesto en el hemiciclo y que había servido para expulsar a la derecha republicana del Gobierno, la de constitucionalizar la revolución. Idea que se acoplaba muy bien con esa nefasta percepción de que lo peor de la historia del liberalismo español había sido el pacto. «Una constitución -dijo el entonces ministro radical-socialista Álvaro de Albornoz- no puede ser nunca una transacción entre los partidos».
Ya no se trataba de transigir, sino de aplicar los principios sin miramientos. La revolución habría de ser algo más que una simple retórica: un programa de transformación radical de la sociedad española bien anclado en la norma fundamental del nuevo régimen. En ese sentido, la Constitución de 1931, a diferencia de la de 1876, no pasaría de ser uno más de los tradicionales textos de partido que habían impedido la paz y la estabilidad institucional en la España del ochocientos. Por eso, entre otras razones, serviría de contramodelo en la elaboración de la Constitución de 1978.
domingo, diciembre 03, 2006
«Acepto que El Escorial me emociona y el arte contemporáneo me repele»
La Razon | Digital
JEAN CLAIR / Historiador del Arte
Manuel Calderón
-Suele hablarse de la crisis del arte contemporáneo como si estuviese en juego el futuro de la humanidad, pero ¿no le parece más importante la crisis de la educación?
-Por supuesto que es más importante la crisis de la educación. Digamos que también afecta a más personas, sobre todo comparándolo con el arte contemporáneo, que no deja de ser la expresión de una minoría con mucha voluntad de serlo. Pero estas dos crisis está unidas porque no puede haber creación contemporánea si no hay educación. No es posible imaginar la formación de un artista y de los propios visitantes de los museos sin una educación de calidad, unos visitantes que, contrario a lo que se cree, dan la espalda al arte contemporáneo, porque la sensación que tienen los ciudadanos es que la creación es un juego espontáneo y caprichoso que no requiere estudio. Yo diría que hay sobre todo una crisis general de la cultura que se muestra en una manifestación exagerada del yo del artista, que es lo que explica que se realicen obras absolutamente vacías. Aquí de lo que se trata es de educar el gusto, porque la espontaneidad no es nada, es un gesto, pero el gusto es la cultura literaria, artística, filosófica, musical.
-Reconozca por lo menos que fue un provocador cuando publicó su ensayo sobre el surrealismo, un movimiento intocable en Francia, y sus vínculos con el totalitarismo.
-Ese libro todavía no ha sido traducido en España, «Du surrealisme considéré dans ses rapports avec au totalitarismen et aux tables tournantes». Los vínculos de este movimiento intocable van más allá del fascismo y del comunismo y alcanza al espiritismo y el ocultismo. No vamos a descubrir nada si hablamos de Breton y sus implicaciones con la revolución soviética y el estalinismo, pero también estuvieron tentados por la violencia nacionalsocialista y sin embargo luego se fueron a Estados Unidos y no quisieron saber nada de la resistencia... Pero lo que me interesa es la unión de esta racionalidad extrema y revolucionaria y al aspecto teosófico, espiritista que habla de fuerzas ocultas y magnéticas, todo tan críptico, místico e iluminista.
-El arte contemporáneo parece que ha heredado ese punto de espectáculo de magia e hipnosis de querer ver grandes ideas en una sala totalmente vacía.
-Por supuesto, y es oscurantista porque es ininteligible. El caso más claro es el de Beuys, que hace magia con una serie de objetos y materiales fetiches: la grasa, el fieltro..., que hizo ejercicios espirituales siguiendo a San Ignacio de Loyola, que quería devolver a la vida a una liebre muerta.
JEAN CLAIR / Historiador del Arte
Manuel Calderón
-Suele hablarse de la crisis del arte contemporáneo como si estuviese en juego el futuro de la humanidad, pero ¿no le parece más importante la crisis de la educación?
-Por supuesto que es más importante la crisis de la educación. Digamos que también afecta a más personas, sobre todo comparándolo con el arte contemporáneo, que no deja de ser la expresión de una minoría con mucha voluntad de serlo. Pero estas dos crisis está unidas porque no puede haber creación contemporánea si no hay educación. No es posible imaginar la formación de un artista y de los propios visitantes de los museos sin una educación de calidad, unos visitantes que, contrario a lo que se cree, dan la espalda al arte contemporáneo, porque la sensación que tienen los ciudadanos es que la creación es un juego espontáneo y caprichoso que no requiere estudio. Yo diría que hay sobre todo una crisis general de la cultura que se muestra en una manifestación exagerada del yo del artista, que es lo que explica que se realicen obras absolutamente vacías. Aquí de lo que se trata es de educar el gusto, porque la espontaneidad no es nada, es un gesto, pero el gusto es la cultura literaria, artística, filosófica, musical.
-Reconozca por lo menos que fue un provocador cuando publicó su ensayo sobre el surrealismo, un movimiento intocable en Francia, y sus vínculos con el totalitarismo.
-Ese libro todavía no ha sido traducido en España, «Du surrealisme considéré dans ses rapports avec au totalitarismen et aux tables tournantes». Los vínculos de este movimiento intocable van más allá del fascismo y del comunismo y alcanza al espiritismo y el ocultismo. No vamos a descubrir nada si hablamos de Breton y sus implicaciones con la revolución soviética y el estalinismo, pero también estuvieron tentados por la violencia nacionalsocialista y sin embargo luego se fueron a Estados Unidos y no quisieron saber nada de la resistencia... Pero lo que me interesa es la unión de esta racionalidad extrema y revolucionaria y al aspecto teosófico, espiritista que habla de fuerzas ocultas y magnéticas, todo tan críptico, místico e iluminista.
-El arte contemporáneo parece que ha heredado ese punto de espectáculo de magia e hipnosis de querer ver grandes ideas en una sala totalmente vacía.
-Por supuesto, y es oscurantista porque es ininteligible. El caso más claro es el de Beuys, que hace magia con una serie de objetos y materiales fetiches: la grasa, el fieltro..., que hizo ejercicios espirituales siguiendo a San Ignacio de Loyola, que quería devolver a la vida a una liebre muerta.
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