miércoles, junio 28, 2006

José María Marco - ¿De dónde vienen los progresistas españoles? - Ideas

José María Marco - ¿De dónde vienen los progresistas españoles? - Ideas


Detrás de la política seguida por el Gobierno de Zapatero en estos dos años hay varias cosas. Una, la personalidad del protagonista, que por ahora parece un misterio y dentro de algunos años causará asombro, como lo causa la de otros caudillos de un pasado no muy lejano. La otra, la que nos interesa hoy, es la actitud y la mentalidad que sostienen esa acción política, la de los progresistas.
En primer lugar, y dado que el partido del caudillo no ha cambiado de nombre, está el socialismo. El socialismo de Zapatero tiene poco que ver con el imaginado por los fundadores en el siglo XIX español, y tampoco con lo que siguió luego. Nunca hubo gran dosis de utopía en aquellos socialistas, más sindicalistas que otra cosa. Eso sí, en lo que no creyeron nunca fue en la democracia.

Al principio desconfiaban de ella. Luego la concibieron como un instrumento al servicio de los intereses que decían representar. La democracia y el parlamentarismo nunca fueron para ellos valores absolutos, como no lo es la libertad que permiten. Eso es lo que el socialismo español de hoy conserva de sus antecesores.

Con el tiempo perdió cualquier radicalismo y cualquier referencia al marxismo, siempre muy imprecisa. Conserva la idea de que las instituciones democráticas valen si sirven para la buena causa. La suya.

Fernando VII.Una segunda característica de la mentalidad de quienes ocupan el Gobierno hoy en España es el "progresismo", en el sentido histórico del término; una desviación específica del liberalismo decimonónico hacia una forma de radicalismo ocurrida en torno a los años de transición revolucionaria entre la muerte de Fernando VII y la subida al trono de su hija, Isabel II.

Aquellos progresistas fracasaron en su intento de establecer un régimen propio, y a partir de ahí se atascan en una compulsión de repetición del pasado que deben reactualizar una y otra vez para hacer, por fin, la revolución que, según ellos, no les dejaron hacer.

Aquí encontramos el origen de otros dos componentes del socialismo actual: negar cualquier interés a todo lo que el progresismo considera de derechas, condenado como absolutamente reaccionario y deleznable; y, sobre eso, un elemento alucinatorio que niega el tiempo transcurrido y la realidad que ha ido surgiendo con él.

En el siglo XIX tenían que volver a hacer la revolución liberal, que estaba hecha, aunque no como ellos hubieran querido. Ahora tienen que ganar la guerra que perdieron y restaurar la República, en cuyo desastroso transcurso y final, ni que decir tiene, no tuvieron nunca la menor responsabilidad. El progresismo español es el adanismo perpetuo.

La tercera característica es la crítica radical contra España. El liberalismo y el conservadurismo español del siglo XIX son patriotas naturalmente, porque construyen la Nación y el Estado modernos. Los progresistas, desmarcados de ese proyecto, problematizan la idea de España, a la que identifican con uno de los llamados "obstáculos tradicionales" que les impiden llegar al poder y hacer de una vez "su" revolución. Así que empezarán a explorar el terreno del republicanismo (que aquí quiere decir, sobre todo, antiespañolismo) y el federalismo.

Identificarán la idea de España con un proyecto retrógrado, oscurantista, y acabarán pactando con los nacionalistas. Éstos los traicionan siempre, aunque no por eso los progresistas dejen de considerarlos sus aliados. La misma pulsión antiespañola, la misma vivencia antinatural y acomplejada de su propia nacionalidad tienen hoy los socialistas españoles encabezados por Rodríguez Zapatero.

Queda una última veta. Al principio fue una corriente muy minoritaria del progresismo primero. Derivó en una secta que incorporó elementos a medias místicos, a medias panteístas (es decir, que diluyen a Dios en la totalidad del mundo) procedentes de una oscura rama del idealismo alemán. Se llamó krausismo, por el nombre del personaje, bastante delirante, que lo inspiró, y combina elementos sumamente originales. Muchos de sus adeptos habían sido sacerdotes, y de hecho querían fundar una Iglesia nacional española. Pretendían hacer aquí la reforma que no se hizo… ¡en el siglo XVI!

Los principios, en cambio, eran nuevos. Era una espiritualidad transida de laicismo militante. No sólo no reconocían valor a la autoridad de la Iglesia Católica. Tampoco aceptan el valor normativo de la moral cristiana y borran la diferencia entre el Bien y el Mal. Sustituyeron la moral y la ética por una estética ascética, al mismo tiempo moderna, en su tiempo, y postmoderna, en lo que tiene de completo relativismo. Por eso ha triunfado ahora, ya derrotado el ideario socialista.

Esta aspiración de armonía universal que quiso representar el krausismo permite entender muchas cosas: la amoralidad –es decir, la corrupción– en la gestión de la Institución Libre de Enseñanza, que fue la puesta en práctica de la escuela en la segunda mitad del siglo XIX, y ahora la exaltación de la palabra "paz", la clave de la política de Rodríguez Zapatero, desde la deserción en Irak hasta la rendición y el desmantelamiento de España y de la Constitución de 1978 en el altar del terrorismo nacionalista.

¡Ah, la paz, la armonía de los mundos, el diálogo de civilizaciones! Pero no hay que tomárselo a broma, ni desviar la mirada. Es un paso más en una demolición sistemática, dispuesta a llegar hasta el final.

viernes, junio 23, 2006

Jorge Alcalde - Los límites del crecimiento, 30 años después - Libros

Jorge Alcalde - Los límites del crecimiento, 30 años después - Libros

Corría el año 1972 cuando un grupo de jóvenes investigadores del MIT, auspiciados por el Club de Roma y enardecidos por la lectura de las teorías sobre el crecimiento de Malthus (que algún científico ha calificado del mayor desatino en la historia de la ciencia demográfica), pusieron en marcha un programa informático de proyección del futuro que iba a convertirse en el adalid del ecologismo catastrofista. La idea arrojada sobre la opinión pública era clara: el mundo se queda sin recursos. La industrialización y el mercado son herramientas devastadoras que agotarán la Tierra en pocas generaciones. El crecimiento demográfico es insostenible. Se impone dejar de crecer y establecer nuevas vías de desarrollo respetuosas con el medio ambiente.

Bajo el título Los límites del crecimiento, Donella Meadows, Jorgen Randers y Dennis Meadows, entre otros, editaron una de las obras más leídas, vendidas, comentadas y seguidas del ecologismo, quizás el libro que más ha hecho por la difusión de ese concepto indefinido y absurdo de "desarrollo sostenible".

Veinte años después, los autores editaron una revisión del informe (Más allá de los límites del crecimiento), en la que supuestamente confirmaban que algunas de sus predicciones se habían cumplido. Y ahora llega la tercera versión: Los límites del crecimiento, 30 años después, editada en España por Galaxia Gutenberg.

(...)Es como si el tiempo no hubiera pasado por las páginas del estudio depositando algún pedacito de realidad. Porque, en realidad, ¿qué ha ocurrido en estos 30 años que revisa la obra? Pues, sencillamente, que hemos experimentado un progreso gigantesco en todas las áreas de actividad humana: vivimos más, la longevidad se ha duplicado en sólo un siglo, la mortalidad infantil ha descendido drásticamente (de 1 de cada 5 niños en 1959 a 1 de cada 18 en 2001); el número absoluto de personas con carencias nutricionales severas ha descendido en tres décadas de un 35 a un 18%; en el Tercer Mundo cada vez hay más gente con acceso a la televisión o la nevera, los coches, los ordenadores o el vídeo.

No quiere esto decir que el planeta esté exento de problemas, y que no sea imprescindible prestarles atención. Pero un solo dato sería necesario para atacar la línea de flotación del libro: desde 1962 la población mundial se ha duplicado; sin embargo, tenemos más comida que nunca. La curva de consumo de calorías per cápita en el mundo rico y en el pobre es directamente proporcional al crecimiento demográfico. No sólo el crecimiento parece no tener límites, sino que puede impulsar la búsqueda y la obtención de nuevos recursos, estrategias más eficaces, tecnologías más productivas e inocuas.

A pesar de lo que se opina en este libro, la humanidad tiene derecho a alcanzar su propia prosperidad.

(...)En definitiva, que vuelve a salir a la luz uno de los tratados que más daño han hecho a la concepción del mundo de varias generaciones, que más se ha manoseado para defender el anticapitalismo, la antiglobalización, el antiamericanismo, el antiprogreso, la anticiencia, la antitecnología… y todos esos "anti" tan queridos por los que dicen estar a favor de la naturaleza. Una obra que no debería causar sensación especial entre las nuevas generaciones de lectores, porque seguro que ellos sí son capaces de leer con espíritu crítico.

Si así lo hacen, encontrarán que ni siquiera los propios autores parecen creerse lo que proponen ("A menudo nos preguntan si nuestras predicciones fueron acertadas. Conviene señalar que ése el lenguaje de los medios de comunicación, no el nuestro). Bueno, pues ya que ellos se eximen de la responsabilidad de parecer fiables, será un medio de comunicación quien juzgue: ¡ni una, señores, no dieron ni una!

martes, junio 20, 2006

Paul Johnson

ElDiarioExterior.com


Una de las visiones de pesadilla que se ha esfumado en los últimos años es la "explosión demográfica". Hasta en el Tercer Mundo, las tasas de natalidad se reducen con rapidez. El peligro se encuentra hoy en la dirección opuesta. Europa en particular produce cada vez menos niños, un elevado porcentaje de los cuales procede de familias inmigrantes.



Italia es un caso triste. Tan apenas en los años 30 tuvo una de las tasas de natalidad más elevadas. Esto quedó plasmado en el plan de Mussolini de colonizar África y animar la emigración a Argentina. Italia hoy tiene una de las tasas de natalidad más reducidas. Puede usted entrar en las aldeas del norte de Italia, cuyos habitantes disfrutan hoy de niveles de vida que sus abuelos no habrían creído posible, y buscar niños en vano. Los italianos son ricos en todo lo material - a excepción de la vida.



Alemania es exactamente igual de estéril. En Francia las cosas están marginalmente mejor, pero eso se debe casi por completo a la enorme minoría musulmana del país, que supone hoy alrededor del 10% de la población.



El mes pasado hablé con una mujer que, hace una generación, llevó a cabo una investigación detallada de las familias británicas. Recientemente volvió a esas mismas familias y estaba descorazonada por sus hallazgos. Mientras que hace treinta años era común que las familias tuvieran de dos a cuatro hijos, las mismas familias hoy apenas tenían un nieto o dos, y en ocasiones ninguno. (Yo tengo cuatro hijos y, hasta la fecha, ocho nietos. Pero algunos de mis contemporáneos no tienen nietos y tienen pocas expectativas de tener alguno).



Grupos concretos de la sociedad destacados una vez por su apremiante filoprogenie parecen haberla aplacado en gran medida. Durante mi infancia, los católicos de Gran Bretaña tenían de seis a diez hijos. Hoy dos es lo más probable.



Alrededor del 1900, los judíos que habían emigrado a Gran Bretaña y Estados Unidos procedentes de Europa del Este tenían a menudo familias grandes, de hasta dieciséis hijos. En la práctica, durante este periodo, los judíos ashkenazis tenían probablemente la mayor tasa de natalidad de la historia conocida. Hollywood, por ejemplo, fue creado en gran medida por la descendencia de tales familias inmigrantes gigantes. Las comunidades judías de América y Gran Bretaña hoy tienen tasas de natalidad bastante por debajo de la cifra de reemplazo, lo que constituye una amenaza para su futuro.



¿Por qué tanta gente inteligente, bien educada y próspera de Occidente está dejando de reproducirse?



Un factor, claramente, es el declive de matrimonio como institución. Los jóvenes se casan más tarde, o no se casan en absoluto. A menudo cohabitan, con la vaga intención de casarse "eventualmente", pero no tienen hijos. Después se pelean y se separan. Muchas mujeres se encuentran así sin hijos a los 40 y - con el reloj [biológico] en marcha - empiezan el proceso de relación de nuevo o abandonan la idea de tener hijos.



Casi todo el mundo conoce la historia de horror del matrimonio fracasado de un amigo, involucrando ácidas batallas por la custodia de los hijos. ¿Por qué tenerlos? Los hijos son caros. Mientras que, en general, mantener una familia solía exigir un sueldo, ahora exige dos. A continuación está el deseo de la carrera. Sea lo que sea lo que pueda proporcionar la ley, y sin importar lo flexibles que puedan ser las empresas, tener hijos está destinado a frustrar el ascenso de una mujer por la escalera del éxito.



Los gobiernos de Europa expresan alarma ocasionalmente por las bajas tasas de natalidad. Pero hacen poco o no hacen nada sobre ello. En realidad, ¿qué pueden hacer? Allá por mediados del siglo XIX, los franceses empezaron a preocuparse por su baja natalidad. En los años treinta, el gobierno introdujo subvenciones familiares para intentar, a través de incentivos financieros, persuadir a las parejas casadas de tener hijos. Este dispositivo fue copiado por todas partes en Europa y se convirtió en parte del estado del bienestar. No parece haber tenido gran efecto por ningún lado, y ciertamente no en Francia. Cuando estaba en el poder, Charles de Gaulle solía jactarse de haber puesto los cimientos de "una nación de 100 millones de franceses". Ese objetivo continúa siendo una fantasía. Y si alguna vez la población francesa alcanza la cota de los 100 millones, la mitad consistirá de musulmanes originarios del norte de África.



El declive en las prácticas religiosas también puede ser un factor. En la Europa Occidental, muchas iglesias y catedrales medievales son poco más que museos. El nuevo Papa, Benedicto XVI, ha elegido presuntamente como tarea primordial la re-evangelización de Europa y su eventual repoblación. Cómo llevará esto a cabo no lo sé. Todas las fuerzas de la sociedad moderna están en su contra, no menos la Unión Europea. En su constitución propuesta, el papel del cristianismo en la creación de la civilización europea no se omitió simplemente, fue deliberadamente excluido.



Pero mientras que es adecuado estar preocupado por este tema y debatirlo con franqueza, no debemos obsesionarnos con él. Sabemos por experiencia que las proyecciones demográficas son notoriamente objeto de error. Las tasas de natalidad pueden subir o bajar. Las modas sociales cambian. Si existe una "falta de bebés" percibida o de jóvenes que entran en el mercado, "una mano invisible", por utilizar el término de Adam Smith, puede entrar en juego. El suministro se eleva para cumplir con la demanda incluso en los aspectos más íntimos de la vida.



Una vez más, la experiencia de tener hijos - sin importar lo irritante, caro, pesado o frustrante profesionalmente que pueda ser - también es deliciosa y alucinante y llena de fascinación continuamente cambiante. Un hijo sube el ánimo y da sentido a la vida. No tener familia es privarse de la mitad de las alegrías y el interés de la existencia. Estos hechos incontestables, ciertos a través de las épocas, se reafirmarán eventualmente, y la naturaleza se abrirá paso.

viernes, junio 16, 2006

José Francisco Serrano Oceja - Gloria de la Iglesia en España - Libros

José Francisco Guijarro: Persecución religiosa y guerra civil. La Iglesia en Madrid, 1936-1939. La Esfera de los Libros, 2006; 695 páginas.

Para concretar más en la sustancia del libro, debemos hablar en números. Fueron, aproximadamente, en toda España, 6.832 los muertos de la persecución religiosa; 4.184 eran sacerdotes del clero secular, incluidos 12 obispos y un administrador apostólico; 2.365 religiosos y 283 religiosas. De ellos, 6.500 recibieron la palma del martirio en menos de un año, en una España dividida en dos mitades.

La historia que se desgrana, principalmente en lo referido a Madrid –ciudad del principal martirologio, que padeció la anarquía fratricida de los primeros meses– nos induce a preguntarnos, como ya hizo monseñor Montero: "¿Hará falta insistir en que, al margen de la propia guerra civil y con antelación a la misma, estaba minuciosamente previsto el programa de persecución a la Iglesia?".

Andrés Nin, jefe del Partido Obrero de Unificación Marxista, dijo el 8 de agosto de 1936: "Había muchos problemas en España. El problema de la Iglesia. Nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias, los cultos". Así, sin matices, como ocurrió con la primera víctima moral por motivos religiosos, de la que ofrece referencia el autor, en el apartado referido al sábado 18 de julio de 1936: el asesinato a sangre fría del hijo del sacristán de la parroquia de San Ramón, en el interior del templo, en el puente de Vallecas.

Invito al lector a que se encuentre con cada uno de los nombres de mártires que aparecen en estas páginas y que intente reconstruir la historia, si acaso imaginándola. Fueron mártires, no caídos en guerra, porque no fueron a ninguna guerra. No eran más que católicos, religiosos, religiosas, sacerdotes, seminaristas que morían por el hecho de serlo. No fueron víctimas de la represión política porque no hacían más política que la del Evangelio.

Hay quien se empeña en recuperar la memoria histórica. Aquí tiene un trozo no desdeñable de ella…

jueves, junio 15, 2006

La comunista que miró el crucifijo

La comunista que miró el crucifijo

Un padre, en un colegio de Baeza, Andalucía, se empeñó en que quitaran un crucifijo y el gobierno regional así lo hizo. Para más inri, el colegio se llama San Juan de la Cruz. O sea, que molesta la cruz en el San Juan de la Cruz. ¿Lo llamarán ahora "San Juan de La"?

Muchos recuerdan estos días a la escritora y diputada comunista (en Italia, 1983) Natalia Ginzburg. El 25 de marzo de 1988 escribía en el diario L’Unità, que entonces era el órgano del Partido Comunista Italiano, acerca de los crucifijos en lugares públicos:

“El crucifijo no genera ninguna discriminación. No habla. Es la imagen de la revolución cristiana que ha difundido por el mundo la idea de igualdad entre los hombres, hasta entondes desconocida. La revolución cristiana ha cambiado el mundo. ¿Queremos tal vez negar que ha cambiado el mundo? Para los no católicos, el crucifijo puede ser simplemente la imagen de uno que ha sido vendido, traicionado, torturado y muerto en la cruz por amor de Dios y del prójimo. Quien es ateo cancela la idea de Dios, pero conserva la idea del prójimo. Cristo representa a todos porque nadie había dicho nunca que todos los hombres son iguales y todos hermanos”.



Natalia Ginzburg era de origen judío y de pensamiento agnóstica. Los nazis la persiguieron y su primer marido murió en la cárcel durante el control nazi de Roma. Ella entendía el sufrimiento, la cárcel, la persecución, lo que vivió Jesús, el Hombre Crucificado.

Hay un blog con el texto completo de Natalia Ginzburg:
http://compostela.blogspot.com/2004/10/ginzburg.html