Álvaro Martín - El primer vuelo de nuestra era - Fin de semana
"Una semana después del 11 de Septiembre la cadena ABC decidió suprimir las imágenes de los atentados, y poco después el resto de las grandes cadenas hicieron lo propio, enterrando la única memoria histórica que realmente importa en nuestro tiempo y, de hecho, "politizando" cualquier intento de aflorarla. En los días anteriores al estreno, la prensa hegemónica americana, en pretendidos espasmos de introspección hipócrita, se preguntaba "si no era demasiado pronto" para la dramatización artística de la pesadilla y si la delicada psique del público americano podía soportar revivir la tragedia. Delicadas reflexiones, en verdad, que provienen de gente para la que la verdadera tragedia es el cambio climático, Bush, la guerra de Irak, Bush, la cuenta de resultados de Halliburton, Bush, las amenazas a los "derechos reproductivos" y, en fin, Bush.
Recordar a los héroes del United 93 es, ciertamente, recordar la cuestión fundamental de nuestro tiempo. Esa cuestión, en palabras del propio Greengrass, es: "¿Nos sentamos pasivamente, en la esperanza de que todo va a salir bien, o nos defendemos y contraatacamos antes de que nos golpeen?"."
(...)"El momento en que conocen los atentados contra el WTC, en que interiorizan el destino que les aguarda, cómo se organizan para hacerle frente y cómo se rebelan por salvar su vida y preservar la nuestra. Greengrass dramatiza su propia elección moral haciendo aparecer a un pasajero que exhorta a los demás a la pasividad ("Si hacemos lo que nos dicen no nos pasará nada") incluso mucho después de que resulte evidente que la pasividad es lo mismo que el suicidio (estupenda metáfora de la fibra moral de los líderes occidentales en general). Afortunadamente, los pasajeros del United 93 estaban hechos de un material diferente."
(...)"United 93 es la historia de un conflicto que enfrenta a aquellos para los que el suicidio y el asesinato son una forma superior de vida contra todos los demás. Los pasajeros que dieron su vida en un campo de Pennsylvania proclamaron hasta la última medida de su valentía y devoción una verdad más trascendente. La de que la defensa de la vida propia y ajena es la causa por la que uno debe estar dispuesto a morir.
United 93 les hace justicia, y ése es el mayor elogio que cabe hacer. Vayan a verla."
sábado, mayo 06, 2006
miércoles, mayo 03, 2006
Tierra de héroes. SERAFÍN FANJUL. Catedrático de la UAM. En ABC
... Los españoles han perdido de vista que el bienestar actual no es maná del cielo, que la paz cuesta cara en varios sentidos y que la repetición de la imagen tópica del valor hispano ya no alcanza para encubrir y enmascarar que el cabezudo se vació de sustancia, de músculos y nervios y de ganas de defenderse...
UN familiar cercano -británico él, pero no inglés- me preguntó no hace mucho, sin sombra de sorna ni pitorreo, por qué Inglaterra continúa ocupando Gibraltar. Su pregunta sólo reflejaba perplejidad ingenua ante algo tan insólito como difícil de justificar por ambas partes: con su implacable lógica anglosajona no podía comprender, poniéndose de nuestro lado, que sobreviviera el abuso. Tras meditar un instante hube de responder lo que realmente pienso: si España fuese un país serio ya haría tiempo que nos habríamos olvidado del Tratado de Utrecht, porque sería innecesario acudir a tan retórica escapatoria y Moratinos ni siquiera debería eliminarlo de los temarios, por desaparición del problema. Con gobiernos de derecha o izquierda el mantenimiento de una política sistemática, coherente y firme habría dado resultados. Si auténticos pigmeos militares como Islandia, Dinamarca o Finlandia se las han tenido tiesas -y con éxito- a potencias de primer orden, cuesta trabajo aceptar que nuestro sino consista en tragar el contradiós porque sí, porque lo nuestro es la pachanga, la sonrisa burlona como parapeto y el a mí qué más me da. Desde Carlos III hasta Castiella no se intentó nada concreto para poner las cosas difíciles a los ingleses, o, al menos, caras. Y después, con González, a bombo y platillo, el retorno del Patio de Monipodio, tan sevillano. Y los sucesivos gobiernos silbando, en aras de intereses superiores (¿cuáles y de quién?), ridiculizando el mero recordatorio como anacrónico y desfasado, digno de sonrisas conmiserativas (nadie en el mundo considera anacrónica la paralela reclamación marroquí contra Ceuta y Melilla, aunque sus razones sean mucho menos sólidas). Pero cito Gibraltar como mero síntoma.
Con la venia del Libro de Estilo de ABC, reproduzco -por muy expresiva- una frase de Vargas Llosa en Conversación en la Catedral: «- ¿Cuándo fue que se jodió el Perú, Zavalita?». Y nos aplico la misma pregunta: ¿cuándo nos torcimos? O cuándo se empezaron a encorvar otros españoles, de a poquito, hasta lograr una muy triste figura de jorobeta gozoso y gracioso, ignorante feliz de su desgracia, como ese retrato de Juan Ruiz de Alarcón en el que aparece muy galán, enhiesto como lanza, y que muestran en la mexicana ciudad de Taxco, donde nació. Digámoslo con claridad: la nuestra es una de las sociedades más evasivas y cobardes del planeta. No me refiero a valor individual, que de eso hay como en todas partes y épocas: más o menos y según circunstancias. Más bien aludimos a la decisión colectiva, la capacidad de resistencia ante adversidades o agresiones, a la cohesión y coincidencia de objetivos generales frente a grandes conmociones y conflictos: entre nosotros es inimaginable ni la décima parte del aguante y la disciplina mostrados por los alemanes bajo los bombardeos angloamericanos, por citar un solo ejemplo. La historia del escapismo nacional no comenzó el 14 de marzo de 2004 con los votantes de Rodríguez. De hecho, la sociedad española se fue aproximando y asimilando insensiblemente a las características de la imagen de poca seriedad, inconsistencia y cobardía atribuidas a los italianos no hace tanto tiempo, pero ¿quién se atreve ahora a esgrimir semejante pajita en ojo ajeno, si por acá el valor o el sacrificio se han convertido en antisignos que concitan mofa y menosprecio? La derrota de Bergonzoli en Guadalajara reforzó el estereotipo sobre los italianos y fue por igual festejada, incluso muchos años más tarde de la guerra, por rojos y azules: los españoles habían hecho correr a los italianos. Por supuesto, omito extenderme sobre la carrera, que en realidad no fue tanta, o acerca de la rendición, poco después, de los heroicos gudaris en Santoña ante Gastone Gambara.
En esos terrenos hay mucho de relativo, de contradictorio y hasta de comprensible. Para todos. La furia histérica desatada contra Aznar y su gobierno a raíz de los atentados de Atocha (¡nos habían metido en líos!) encuentra su corolario inevitable y lógico en la inhibición o el encantado aplauso por el estatuto de Cataluña, la rendición ante ETA o los muy negros nubarrones que se ciernen sobre Canarias, Ceuta y Melilla. Un sector numeroso y bien situado, pero puro tocino social e intelectual, reproduce el abandonismo y la indiferencia que tanto facilitaron la pérdida de las Indias continentales primero y de las Antillas más tarde. Cierto que por entonces también hubo Baler, los dos sucesos de El Callao (el de Rodil y el de Méndez Núñez), San Juan de Ulúa, Puerto Cabello, Santiago de Cuba... hitos de abnegación, valentía, obstinación a la desesperada cuando todo estaba perdido, mientras en la península políticos e instituciones andaban enfrascados -como ahora- en más altas misiones: cómo trincar y conservar el menguante poder o las modalidades de negocio que eso les podía reportar.
Es ocioso rememorar las hazañas llevadas a cabo por españoles a lo largo del tiempo. Y no sólo bélicas, también de exploración, población, extensión técnica o civilizatoria en sentido amplio. Citarlas a vuelapluma no vale la pena; tal vez sí leerlas, valorarlas sin complejos ni vanaglorias, conocernos mejor. Pero todo eso es el pasado, o una parte del mismo, porque la pregunta central retorna: ¿por qué nos torcimos? En un libro excelente e inencontrable (España exótica), como es natural publicado en Nuevo México (yo dispongo de un ejemplar, fotocopiado, que me envió un amigo desde México), Jesús Torrecilla expone y argumenta con brillantez su teoría del cambio del carácter español, en especial a partir del siglo XVIII. Se le pueden hacer algunas objeciones, como haberse movido sólo con materiales literarios, o el tragar a pies juntillas el insostenible mudejarismo de Américo Castro, pero en conjunto su obra es mucho más que estimable y debería ser libro de cabecera en facultades de Historia, Sociología, Antropología... Demasiado pedir, cuando se elimina con saña de planes de estudio y temarios diversos cualquier vestigio de proyecto nacional común, de recuerdo de alguna de las cosas buenas que otros españoles hicieron.
El libro de Torrecilla merece un comentario aparte, pero aquí sólo diremos que señala la transmutación de la sociedad hispana (por las crisis económicas, la pérdida de la hegemonía militar, el descrédito final de la Monarquía de los Austrias, etc.) desde la seriedad, el trabajo bien hecho, la sobriedad, la frialdad objetiva y lúcida y el muy excesivo orgullo de ricos y pobres a la bullanga jaranera y pícara, la golfería como norma y la ignorancia como bandera. Y todo ello en tanto que modo de afirmación de la personalidad castiza frente al afrancesamiento de las clases ilustradas en el XVIII: Moratín, Cadalso, Larra y una pléyade de escritores más o menos conocidos avalan con sus textos la muy sugerente tesis de Torrecilla, que completa el panorama con el aplebeyamiento de acomodados y pudientes durante el XIX. Simplificando mucho -y no se me enoje nadie-, se habría sustituido el espíritu castellano por el predominio del estilo de vida andaluza. Insisto: es una reducción del argumento que exige ulteriores comentarios, pero mientras llegan debemos ser conscientes de que los españoles han perdido de vista que el bienestar actual no es maná del cielo, que la paz cuesta cara en varios sentidos y que la repetición de la imagen tópica -en niveles y expresiones muy superestructurales y no más- del valor hispano ya no alcanza para encubrir y enmascarar que el cabezudo se vació de sustancia, de músculos y nervios y de ganas de defenderse. Y cualquier día, un chisgarabís, con o sin ministerio, cambiará hasta el himno de la Infantería española (con perdón por emplear tan subversivo sintagma) y en vez de empezar por «Ardor guerrero vibra en nuestras voces» lo sustituirá por un marchoso y posmoderno «Calidez dialéctica aletea en nuestros labios» que, me reconocerán ustedes, es mucho más acorde con lo que nos ha caído encima.
UN familiar cercano -británico él, pero no inglés- me preguntó no hace mucho, sin sombra de sorna ni pitorreo, por qué Inglaterra continúa ocupando Gibraltar. Su pregunta sólo reflejaba perplejidad ingenua ante algo tan insólito como difícil de justificar por ambas partes: con su implacable lógica anglosajona no podía comprender, poniéndose de nuestro lado, que sobreviviera el abuso. Tras meditar un instante hube de responder lo que realmente pienso: si España fuese un país serio ya haría tiempo que nos habríamos olvidado del Tratado de Utrecht, porque sería innecesario acudir a tan retórica escapatoria y Moratinos ni siquiera debería eliminarlo de los temarios, por desaparición del problema. Con gobiernos de derecha o izquierda el mantenimiento de una política sistemática, coherente y firme habría dado resultados. Si auténticos pigmeos militares como Islandia, Dinamarca o Finlandia se las han tenido tiesas -y con éxito- a potencias de primer orden, cuesta trabajo aceptar que nuestro sino consista en tragar el contradiós porque sí, porque lo nuestro es la pachanga, la sonrisa burlona como parapeto y el a mí qué más me da. Desde Carlos III hasta Castiella no se intentó nada concreto para poner las cosas difíciles a los ingleses, o, al menos, caras. Y después, con González, a bombo y platillo, el retorno del Patio de Monipodio, tan sevillano. Y los sucesivos gobiernos silbando, en aras de intereses superiores (¿cuáles y de quién?), ridiculizando el mero recordatorio como anacrónico y desfasado, digno de sonrisas conmiserativas (nadie en el mundo considera anacrónica la paralela reclamación marroquí contra Ceuta y Melilla, aunque sus razones sean mucho menos sólidas). Pero cito Gibraltar como mero síntoma.
Con la venia del Libro de Estilo de ABC, reproduzco -por muy expresiva- una frase de Vargas Llosa en Conversación en la Catedral: «- ¿Cuándo fue que se jodió el Perú, Zavalita?». Y nos aplico la misma pregunta: ¿cuándo nos torcimos? O cuándo se empezaron a encorvar otros españoles, de a poquito, hasta lograr una muy triste figura de jorobeta gozoso y gracioso, ignorante feliz de su desgracia, como ese retrato de Juan Ruiz de Alarcón en el que aparece muy galán, enhiesto como lanza, y que muestran en la mexicana ciudad de Taxco, donde nació. Digámoslo con claridad: la nuestra es una de las sociedades más evasivas y cobardes del planeta. No me refiero a valor individual, que de eso hay como en todas partes y épocas: más o menos y según circunstancias. Más bien aludimos a la decisión colectiva, la capacidad de resistencia ante adversidades o agresiones, a la cohesión y coincidencia de objetivos generales frente a grandes conmociones y conflictos: entre nosotros es inimaginable ni la décima parte del aguante y la disciplina mostrados por los alemanes bajo los bombardeos angloamericanos, por citar un solo ejemplo. La historia del escapismo nacional no comenzó el 14 de marzo de 2004 con los votantes de Rodríguez. De hecho, la sociedad española se fue aproximando y asimilando insensiblemente a las características de la imagen de poca seriedad, inconsistencia y cobardía atribuidas a los italianos no hace tanto tiempo, pero ¿quién se atreve ahora a esgrimir semejante pajita en ojo ajeno, si por acá el valor o el sacrificio se han convertido en antisignos que concitan mofa y menosprecio? La derrota de Bergonzoli en Guadalajara reforzó el estereotipo sobre los italianos y fue por igual festejada, incluso muchos años más tarde de la guerra, por rojos y azules: los españoles habían hecho correr a los italianos. Por supuesto, omito extenderme sobre la carrera, que en realidad no fue tanta, o acerca de la rendición, poco después, de los heroicos gudaris en Santoña ante Gastone Gambara.
En esos terrenos hay mucho de relativo, de contradictorio y hasta de comprensible. Para todos. La furia histérica desatada contra Aznar y su gobierno a raíz de los atentados de Atocha (¡nos habían metido en líos!) encuentra su corolario inevitable y lógico en la inhibición o el encantado aplauso por el estatuto de Cataluña, la rendición ante ETA o los muy negros nubarrones que se ciernen sobre Canarias, Ceuta y Melilla. Un sector numeroso y bien situado, pero puro tocino social e intelectual, reproduce el abandonismo y la indiferencia que tanto facilitaron la pérdida de las Indias continentales primero y de las Antillas más tarde. Cierto que por entonces también hubo Baler, los dos sucesos de El Callao (el de Rodil y el de Méndez Núñez), San Juan de Ulúa, Puerto Cabello, Santiago de Cuba... hitos de abnegación, valentía, obstinación a la desesperada cuando todo estaba perdido, mientras en la península políticos e instituciones andaban enfrascados -como ahora- en más altas misiones: cómo trincar y conservar el menguante poder o las modalidades de negocio que eso les podía reportar.
Es ocioso rememorar las hazañas llevadas a cabo por españoles a lo largo del tiempo. Y no sólo bélicas, también de exploración, población, extensión técnica o civilizatoria en sentido amplio. Citarlas a vuelapluma no vale la pena; tal vez sí leerlas, valorarlas sin complejos ni vanaglorias, conocernos mejor. Pero todo eso es el pasado, o una parte del mismo, porque la pregunta central retorna: ¿por qué nos torcimos? En un libro excelente e inencontrable (España exótica), como es natural publicado en Nuevo México (yo dispongo de un ejemplar, fotocopiado, que me envió un amigo desde México), Jesús Torrecilla expone y argumenta con brillantez su teoría del cambio del carácter español, en especial a partir del siglo XVIII. Se le pueden hacer algunas objeciones, como haberse movido sólo con materiales literarios, o el tragar a pies juntillas el insostenible mudejarismo de Américo Castro, pero en conjunto su obra es mucho más que estimable y debería ser libro de cabecera en facultades de Historia, Sociología, Antropología... Demasiado pedir, cuando se elimina con saña de planes de estudio y temarios diversos cualquier vestigio de proyecto nacional común, de recuerdo de alguna de las cosas buenas que otros españoles hicieron.
El libro de Torrecilla merece un comentario aparte, pero aquí sólo diremos que señala la transmutación de la sociedad hispana (por las crisis económicas, la pérdida de la hegemonía militar, el descrédito final de la Monarquía de los Austrias, etc.) desde la seriedad, el trabajo bien hecho, la sobriedad, la frialdad objetiva y lúcida y el muy excesivo orgullo de ricos y pobres a la bullanga jaranera y pícara, la golfería como norma y la ignorancia como bandera. Y todo ello en tanto que modo de afirmación de la personalidad castiza frente al afrancesamiento de las clases ilustradas en el XVIII: Moratín, Cadalso, Larra y una pléyade de escritores más o menos conocidos avalan con sus textos la muy sugerente tesis de Torrecilla, que completa el panorama con el aplebeyamiento de acomodados y pudientes durante el XIX. Simplificando mucho -y no se me enoje nadie-, se habría sustituido el espíritu castellano por el predominio del estilo de vida andaluza. Insisto: es una reducción del argumento que exige ulteriores comentarios, pero mientras llegan debemos ser conscientes de que los españoles han perdido de vista que el bienestar actual no es maná del cielo, que la paz cuesta cara en varios sentidos y que la repetición de la imagen tópica -en niveles y expresiones muy superestructurales y no más- del valor hispano ya no alcanza para encubrir y enmascarar que el cabezudo se vació de sustancia, de músculos y nervios y de ganas de defenderse. Y cualquier día, un chisgarabís, con o sin ministerio, cambiará hasta el himno de la Infantería española (con perdón por emplear tan subversivo sintagma) y en vez de empezar por «Ardor guerrero vibra en nuestras voces» lo sustituirá por un marchoso y posmoderno «Calidez dialéctica aletea en nuestros labios» que, me reconocerán ustedes, es mucho más acorde con lo que nos ha caído encima.
La desmemoria histórica
FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS de las Reales Academias Española y de la Historia, abc.es
VENGO de Tailandia y Camboya, de visitar templos hinduistas y budistas y recorrer países que se recuperan de pasados horrores. Bien me gustaría hablar sobre los distintos budismos, sobre, en conexión con ellos, el platonismo, el cristianismo y hasta el comunismo. He pensado mucho sobre ello. Pero me reprimo, hablaré una vez más de política (aunque política, al final, lo es todo).
Esos países se recuperan, bajo monarquías modernas, monarquías democráticas, de pasados horrores, ya digo. Prefiero no describirlos. Los traídos por aquellos que, queriendo arreglarlo todo, lo destrozan todo. Crecen estos países, hay respeto, hay una nueva vitalidad. No hay enfrentamientos civiles, todos están contra un pasado espantoso.
Y vuelvo a España. Y leo sobre la añoranza de aquel Paraíso que, dicen, fue la Segunda República. Sobre la memoria histórica: remembranza de los sufrimientos de los republicanos, los crímenes de que fueron víctimas. ¿No habíamos quedado en silenciar todo eso, también los crímenes de los aliados de los gobiernos republicanos? ¿No habíamos llegado a un acuerdo? ¿A qué lleva todo eso sino a abrir la vía a horribles repeticiones? Más que memoria, es desmemoria.
No lo comprendo. Tengo a Rodríguez Zapatero por hombre inteligente y maniobrero. Pero elogiar a la II República no es ni inteligente ni maniobra que lleve a parte sana. ¿Por qué hablan, él y los jóvenes políticos e historiadores progres, de algo que ignoran? No hay nada que me encocore más que cuando nos dan lecciones, en películas, televisiones y periódicos, ellos que ignoran, aunque sólo sea por razón de edad, a los que sabemos (y a los que querrían saber de verdad).
Sabemos demasiado, desgraciadamente, pero también es cosa feliz, pues nos permite ahuyentar espectros, exorcizar el pasado.
La II República es uno de los períodos más negros de la Historia de España. Empezó por un pacto entre republicanos, socialistas y catalanistas, el pacto de San Sebastián, más o menos como ahora. Le acompañó un golpe de Estado, el de Jaca. Ambas cosas, en 1930. Fue otro golpe de Estado el hacer caer la Monarquía por unas elecciones municipales, en 1931. Y hubo un gesto noble: el de Alfonso XIII, renunciar antes que abrir una guerra civil.
Yo era, en 1931, un niño de nueve años, tenía catorce en el 36. Un niño inteligente, decían, disculpen: al menos, sabía ver lo que tenía alrededor. Oía muchas cosas, también a los republicanos y socialistas que nos visitaban. Soy un testigo. Esos otros señores no son testigos, mitifican. Y no aprenden como aprendió, por ejemplo, Felipe González.
Hubo un comienzo de ilusión feliz: siempre recuerdo a mi portera bailando. Ahora, sin los gastos de la Casa Real, íbamos a tener abundancia y felicidad. Se llamaba Lidia, sus hijas Libertad y Marxina, luego María del Carmen y algo así. El hijo murió luchando en las tropas de Franco. A veces son así las cosas.
Los republicanos, Azaña sobre todo, actuaron sin generosidad: la República era suya, pensaban. ¡Tanto elogio de Azaña! Sí, escribía bien, su traducción de «La Biblia en España», de George Borrow, es una delicia. Pero carecía de sentido de la Historia. Sus mítines, como el famoso de la Plaza de Toros de Madrid, eran pura provocación. Las iglesias ardían y él decía que no valían la vida de un republicano. ¡Cuántas se perdieron después! Bien se arrepintió cuando en Barcelona, ya en el 38, llamaba a la concordia, cuando escribía cosas desesperadas en «La velada de Benicarló».
Se unió a los socialistas radicales porque él no tenía votos suficientes. Estos y los catalanistas (a los que había dado un Estatuto supuestamente apaciguador, contra Ortega y Unamuno: comienzo del troceo de España) organizaron la revolución del 34. A él le relegaron al limbo falso de la Presidencia de la República, donde lloraba de impotencia mientras gobernaba el Frente Popular, que convertía a los republicanos liberales en puro residuo.
¿Este es el modelo? ¿Unir revolución e independentismo? ¡Vaya modelo! Provocó una guerra civil.
Yo era un niño, ya digo, en Salamanca, una pequeña ciudad «de derechas». Mi familia era liberal. Veía a los chicos a cantazos con los curas, oía, el 1 de Mayo, a los obreros con pañuelo rojo que cantaban que iban a jugar al billar con la cabeza de Gil Robles. En automóvil no se podía circular porque el Socorro Rojo imponía una contribución. En Andalucía los anarquistas invadían las fincas. En Asturias quemaban iglesias, saqueaban bancos. En Madrid, unos y otros andaban a tiros. Finalmente, guardias de asalto socialistas asesinaron a Calvo Sotelo.
No llevo la cuenta de quién empezó el horror en cada día. De todos modos, no se podía vivir. No había más que dos perspectivas, las dos detestables: la Revolución del Lenin español y el golpe militar. Vino la segunda. Los republicanos liberales acabaron en el exilio. Y España, años y años bajo el franquismo.
¿Este es el modelo? Deberían callar sobre esa malhadada República. No hacer falsa memoria: desmemoria.
Si digo la verdad, solo una cosa admiro de aquella República: su vertiente cultural. Mejoró la enseñanza primaria, en la que mis padres estaban implicados. Era excelente, en líneas generales, la secundaria. Hubo cumbres en la Literatura (aunque la gran poesía es de los años veinte, de la Monarquía). En Humanidades y Ciencias hubo un progreso evidente: se creaban escuelas, cosa que ahora es imposible, antes de formarse los alumnos se van a vagar por el extranjero, vuelven sin aprender gran cosa -y no encuentran trabajo.
En este sentido, solo en este, la República fue un paraíso, continuador del anterior, el monárquico. Fue culturalmente conservadora: en el plan Villalobos había cinco años de Latín. Fue una continuación de lo mejor de la Monarquía.
Pero que no utilicen esto para tapar las otras vergüenzas: es una túnica demasiado corta. Y el desastre total arrastró el de la cultura: la mitad o más de los profesores y estudiosos acabaron en Méjico (suerte para Méjico), hubimos de reconstruirlo todo los que vinimos detrás, que no teníamos culpa de nada (ahora más bien nos silencian).
Los mitos son peligrosos: sustituyen, simplemente, a la verdad. Por ignorancia o por malicia.
Al contemplar el presente y el pasado, vemos similitudes peligrosas. España, tras la Guerra Civil, dio pasos que eran impensables antes. Entre otros terrenos, en el de la cultura, el de la economía, el de la tolerancia. Eso, hasta ayer. Pero ahora vamos de Estatuto en Estatuto, cada cual más peligroso. Partidos independentistas actúan libremente sin respeto a una Constitución que exige, taxativamente, que los partidos la respeten. ETA es un interlocutor. Las blanduras, las permisividades, han traído todo lo que ahora vemos. Y quiera Dios que no veamos más.
¡Cuánto se equivocó en esto Azaña, que bien sufrió por ello en Barcelona, cuando se refugió allí! Hablaban de aldeanismo él y Negrín. ¿Qué dirían ahora? ¿Y qué dirían del PNV, ETA y los demás partidos vascos? Porque Azaña, Negrín, Prieto y los demás, con sus inmensos errores, eran patriotas españoles. Que quede esto claro. Pienso que Zapatero también. Pero cabalga varios tigres y hace surf en una ola muy peligrosa.
La II República española, ese supuesto Paraíso, es el modelo del desastre. El prototipo de unas alianzas antinaturales, de una política, en el mejor de los casos, imposible, en los demás sectaria. Rompió toda posibilidad de concordia: cuando Martínez Barrios, cuya tumba visité el otro día en el cementerio de San Fernando, en Sevilla, la intentó en julio del 36, era ya tarde. Fanatismo y ceguera promovieron fanatismo y ceguera. Y nos ha llevado años y años volver a un estado de civilidad, que ahora vemos en riesgo.
¿Por qué elogian a aquel odioso régimen? Lo más piadoso que merece es el olvido.
Esto pensaba yo en Tailandia. Y esto pienso cada día cuando leo esas declaraciones. Y veo cómo crecen, cada día también, las consecuencias de esos erróneos planteamientos.
VENGO de Tailandia y Camboya, de visitar templos hinduistas y budistas y recorrer países que se recuperan de pasados horrores. Bien me gustaría hablar sobre los distintos budismos, sobre, en conexión con ellos, el platonismo, el cristianismo y hasta el comunismo. He pensado mucho sobre ello. Pero me reprimo, hablaré una vez más de política (aunque política, al final, lo es todo).
Esos países se recuperan, bajo monarquías modernas, monarquías democráticas, de pasados horrores, ya digo. Prefiero no describirlos. Los traídos por aquellos que, queriendo arreglarlo todo, lo destrozan todo. Crecen estos países, hay respeto, hay una nueva vitalidad. No hay enfrentamientos civiles, todos están contra un pasado espantoso.
Y vuelvo a España. Y leo sobre la añoranza de aquel Paraíso que, dicen, fue la Segunda República. Sobre la memoria histórica: remembranza de los sufrimientos de los republicanos, los crímenes de que fueron víctimas. ¿No habíamos quedado en silenciar todo eso, también los crímenes de los aliados de los gobiernos republicanos? ¿No habíamos llegado a un acuerdo? ¿A qué lleva todo eso sino a abrir la vía a horribles repeticiones? Más que memoria, es desmemoria.
No lo comprendo. Tengo a Rodríguez Zapatero por hombre inteligente y maniobrero. Pero elogiar a la II República no es ni inteligente ni maniobra que lleve a parte sana. ¿Por qué hablan, él y los jóvenes políticos e historiadores progres, de algo que ignoran? No hay nada que me encocore más que cuando nos dan lecciones, en películas, televisiones y periódicos, ellos que ignoran, aunque sólo sea por razón de edad, a los que sabemos (y a los que querrían saber de verdad).
Sabemos demasiado, desgraciadamente, pero también es cosa feliz, pues nos permite ahuyentar espectros, exorcizar el pasado.
La II República es uno de los períodos más negros de la Historia de España. Empezó por un pacto entre republicanos, socialistas y catalanistas, el pacto de San Sebastián, más o menos como ahora. Le acompañó un golpe de Estado, el de Jaca. Ambas cosas, en 1930. Fue otro golpe de Estado el hacer caer la Monarquía por unas elecciones municipales, en 1931. Y hubo un gesto noble: el de Alfonso XIII, renunciar antes que abrir una guerra civil.
Yo era, en 1931, un niño de nueve años, tenía catorce en el 36. Un niño inteligente, decían, disculpen: al menos, sabía ver lo que tenía alrededor. Oía muchas cosas, también a los republicanos y socialistas que nos visitaban. Soy un testigo. Esos otros señores no son testigos, mitifican. Y no aprenden como aprendió, por ejemplo, Felipe González.
Hubo un comienzo de ilusión feliz: siempre recuerdo a mi portera bailando. Ahora, sin los gastos de la Casa Real, íbamos a tener abundancia y felicidad. Se llamaba Lidia, sus hijas Libertad y Marxina, luego María del Carmen y algo así. El hijo murió luchando en las tropas de Franco. A veces son así las cosas.
Los republicanos, Azaña sobre todo, actuaron sin generosidad: la República era suya, pensaban. ¡Tanto elogio de Azaña! Sí, escribía bien, su traducción de «La Biblia en España», de George Borrow, es una delicia. Pero carecía de sentido de la Historia. Sus mítines, como el famoso de la Plaza de Toros de Madrid, eran pura provocación. Las iglesias ardían y él decía que no valían la vida de un republicano. ¡Cuántas se perdieron después! Bien se arrepintió cuando en Barcelona, ya en el 38, llamaba a la concordia, cuando escribía cosas desesperadas en «La velada de Benicarló».
Se unió a los socialistas radicales porque él no tenía votos suficientes. Estos y los catalanistas (a los que había dado un Estatuto supuestamente apaciguador, contra Ortega y Unamuno: comienzo del troceo de España) organizaron la revolución del 34. A él le relegaron al limbo falso de la Presidencia de la República, donde lloraba de impotencia mientras gobernaba el Frente Popular, que convertía a los republicanos liberales en puro residuo.
¿Este es el modelo? ¿Unir revolución e independentismo? ¡Vaya modelo! Provocó una guerra civil.
Yo era un niño, ya digo, en Salamanca, una pequeña ciudad «de derechas». Mi familia era liberal. Veía a los chicos a cantazos con los curas, oía, el 1 de Mayo, a los obreros con pañuelo rojo que cantaban que iban a jugar al billar con la cabeza de Gil Robles. En automóvil no se podía circular porque el Socorro Rojo imponía una contribución. En Andalucía los anarquistas invadían las fincas. En Asturias quemaban iglesias, saqueaban bancos. En Madrid, unos y otros andaban a tiros. Finalmente, guardias de asalto socialistas asesinaron a Calvo Sotelo.
No llevo la cuenta de quién empezó el horror en cada día. De todos modos, no se podía vivir. No había más que dos perspectivas, las dos detestables: la Revolución del Lenin español y el golpe militar. Vino la segunda. Los republicanos liberales acabaron en el exilio. Y España, años y años bajo el franquismo.
¿Este es el modelo? Deberían callar sobre esa malhadada República. No hacer falsa memoria: desmemoria.
Si digo la verdad, solo una cosa admiro de aquella República: su vertiente cultural. Mejoró la enseñanza primaria, en la que mis padres estaban implicados. Era excelente, en líneas generales, la secundaria. Hubo cumbres en la Literatura (aunque la gran poesía es de los años veinte, de la Monarquía). En Humanidades y Ciencias hubo un progreso evidente: se creaban escuelas, cosa que ahora es imposible, antes de formarse los alumnos se van a vagar por el extranjero, vuelven sin aprender gran cosa -y no encuentran trabajo.
En este sentido, solo en este, la República fue un paraíso, continuador del anterior, el monárquico. Fue culturalmente conservadora: en el plan Villalobos había cinco años de Latín. Fue una continuación de lo mejor de la Monarquía.
Pero que no utilicen esto para tapar las otras vergüenzas: es una túnica demasiado corta. Y el desastre total arrastró el de la cultura: la mitad o más de los profesores y estudiosos acabaron en Méjico (suerte para Méjico), hubimos de reconstruirlo todo los que vinimos detrás, que no teníamos culpa de nada (ahora más bien nos silencian).
Los mitos son peligrosos: sustituyen, simplemente, a la verdad. Por ignorancia o por malicia.
Al contemplar el presente y el pasado, vemos similitudes peligrosas. España, tras la Guerra Civil, dio pasos que eran impensables antes. Entre otros terrenos, en el de la cultura, el de la economía, el de la tolerancia. Eso, hasta ayer. Pero ahora vamos de Estatuto en Estatuto, cada cual más peligroso. Partidos independentistas actúan libremente sin respeto a una Constitución que exige, taxativamente, que los partidos la respeten. ETA es un interlocutor. Las blanduras, las permisividades, han traído todo lo que ahora vemos. Y quiera Dios que no veamos más.
¡Cuánto se equivocó en esto Azaña, que bien sufrió por ello en Barcelona, cuando se refugió allí! Hablaban de aldeanismo él y Negrín. ¿Qué dirían ahora? ¿Y qué dirían del PNV, ETA y los demás partidos vascos? Porque Azaña, Negrín, Prieto y los demás, con sus inmensos errores, eran patriotas españoles. Que quede esto claro. Pienso que Zapatero también. Pero cabalga varios tigres y hace surf en una ola muy peligrosa.
La II República española, ese supuesto Paraíso, es el modelo del desastre. El prototipo de unas alianzas antinaturales, de una política, en el mejor de los casos, imposible, en los demás sectaria. Rompió toda posibilidad de concordia: cuando Martínez Barrios, cuya tumba visité el otro día en el cementerio de San Fernando, en Sevilla, la intentó en julio del 36, era ya tarde. Fanatismo y ceguera promovieron fanatismo y ceguera. Y nos ha llevado años y años volver a un estado de civilidad, que ahora vemos en riesgo.
¿Por qué elogian a aquel odioso régimen? Lo más piadoso que merece es el olvido.
Esto pensaba yo en Tailandia. Y esto pienso cada día cuando leo esas declaraciones. Y veo cómo crecen, cada día también, las consecuencias de esos erróneos planteamientos.
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