viernes, diciembre 11, 2009

El país donde estaba prohibido nacer, una crónica en el año 2107. Josep Miró i Ardèvol

El país donde estaba prohibido nacer, una crónica en el año 2107

Había un país donde, a pesar de tener condenada su riqueza futura por la falta de nacimientos, estaba prohibido nacer. Se llamaba España y su población autóctona quedó prácticamente extinguida en la segunda mitad del siglo XXI. No fue ninguna sorpresa porque la inercia del movimiento demográfico es muy grande. Fue la noticia de una extinción anticipada, pero se empecinaron en pelearse por muchos motivos, aunque olvidaron el fundamental: sin niños no hay paraíso, tampoco en la tierra.

Los españoles tenían una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo. Se situaba en torno al 1,1, cuando para mantener la población equilibrada se necesitaba casi el doble, el 2,1. Durante una temporada se engañaron estadísticamente –hecho bastante frecuente- porque una fuerte oleada inmigratoria, que se detuvo primero por la crisis y después por los largos años de estancamiento económico, les inducía a creer que había rebrotado algo la natalidad aunque el conjunto de autóctonas más las venidas de fuera estaba en el 1,4. En realidad, las inmigrantes latinoamericanas y especialmente musulmanas que tenían muchos hijos eran quienes habían empujado un alza insuficiente y transitoria.

En esta caída de la natalidad influían muchos factores: la tardía edad en que se casaban, el trabajo de la mujer fuera de casa y la persecución empresarial que sufrían las embarazadas, la ausencia de una legislación integral favorable a la maternidad, y también el descenso de la práctica religiosa.

En el grupo de población de mujeres agnósticas y ateas los hijos no llegaban ni a un hijo por cada mujer fértil, el 0,9; mientras que las católicas practicantes, sin alcanzar todavía al objetivo del equilibrio demográfico, estaban más cerca. Era extraño que el país con mayor problema demográfico de Europa fuera el que menos recursos aportaba –y además con diferencia- para ayudar a las familias con hijos. La legislación era tan salvaje que una mujer embarazada, soltera o casada, sin recursos económicos que deseara tener a su hijo no podía acogerse a ninguna ayuda pública (en algún territorio como el llamado Comunidad Valenciana parece que si existían algunos apoyos). Por el contrario, el aborto les salía casi gratuito en una clínica privada y gratis total en la sanidad pública. Todo estaba pensado para evitar los nacimientos.

Los políticos y técnicos sabían que la caída de la población a plazo fijo comportaba el hundimiento del PIB. La Societe General, una entidad financiera nada sospechosa de filantropía, en un estudio realizado a principios del siglo XXI, determinó que en el 2040 los españoles serían un 27% más pobres que en el 2005 debido a su baja natalidad. A los gobernantes de aquel tiempo, la ahora vituperada generación Zapatero, el 'arrasador', y a los grandes líderes sociales empresariales y mediáticos, no parecía importarles este tipo de datos. También sabían que la base del estado del bienestar, el sistema público de pensiones era insostenible, precisamente por la misma causa de falta de niños, asunto que empeoró con la aguda crisis que vivieron en el período 2008-2010, y el estancamiento que la siguió. La quiebra de la llamada Seguridad Social se anticipó una decena de años. El resultado condenaba a la gente joven a un futuro de pobreza, ausencia de seguridad económica y a pagar la deuda elevadísima generada por sus padres y abuelos. Pero lo más curioso del caso es que una mayoría de estos mismos jóvenes condenados de antemano a vivir muy mal, aplaudían las medidas que les condenaban.

El aborto se fue convirtiendo en un factor determinante en la caída demográfica a inicios del siglo XXI, representando ya uno de cada cinco nacimientos. A inicios de la segunda década, la cifra ya representaba uno de cada cuatro, y después ya era uno de cada tres. Fue una hecatombe provocada y deseada.

La mala ley

La situación empeoró con una ley que permitía abortar con total libertad en cualquier momento del embarazo, con diversos artilugios legales. Lo peor de la anterior situación, el fraude sistemático que cometían las clínicas privadas, se legalizó. España era el único país de Occidente donde se despenalizó totalmente el aborto y se implantó, como en los años 30 en otros lugares de Europa de ingrato recuerdo y después en la Alemania nazi, la práctica sistemática del aborto eugenésico. Se dedicaron más recursos públicos para que abortar fuera gratuito y siguieron sin dedicar ni un euro adicional a ayudar a las familias que querían tener hijos.

También se implantó a partir de los 11 años la llamada educación sexual, que en realidad consistía en explicarles como convertir la relación sexual en un deporte de contacto y que abortar no era nada. Una de las ideólogas del régimen, según textos recogidos, era una intelectual con un gran conocimiento del arte andaluz, y de unas llamadas 'cajas de ahorro' que debía ser un adminículo que no ha dejado huella, donde por lo visto ocupó lugares de magna importancia, bajo el titulo de 'becaria'. Todo según los fragmentos de textos oficiales. Esta gran pensadora definió la importancia del aborto. “Es como ponerse tetas”. Se llamaba líder Bibiana Aído, y su escultura y culto fue pasado a fuego en el periodo de la 'Gran Devastación'. Con este bagaje se enfocó la educación sexual de niños y niñas, complementada por la introducción a la teoría del género, que consistía en enseñarles a que aprendieran a saber si eran niños, niñas o qué. También les contaban cuentos donde el príncipe besaba a otro príncipe dormido, éste se despertaba, se casaban y eran felices.

Asimismo, se introdujo como obligatorio en la medicina, el estudio y práctica del aborto. Quien no se hubiera familiarizado y lo hubiera practicado se quedaba sin el título de médico. La objeción de conciencia, que la Constitución de entonces reconocía, se limitaba al máximo, de manera que el anestesista, por ejemplo, no podía objetar, sólo el médico o la enfermera, y estos pasaban a engrosar un registro público de objetores. Ahí se acababa su carrera profesional en la sanidad pública.

Lo más curioso de la historia de esta extraña sociedad es que sus jueces magnos se habían reunido años antes en un foro llamado Tribunal Constitucional estableciendo que el nasciturus era un bien jurídico protegido, que el Estado debía de velar por su protección y que los derechos de la madre no podían imponerse al de la vida del hijo. Seguramente deben faltar otras sentencias de los augures judiciales porque si no no se explica como podían hacer una ley tan contraria a lo establecido por los magistrados máximos.

Se invirtieron cientos de millones de euros en anticonceptivos de todo tipo, incluidos los abortivos, que se repartieron a espuertas sin ningún tipo de control médico. El resultado sobre la salud de las mujeres fue trágico. Un 15% de la población femenina fue víctima de anomalías graves; otro 40% sufrió de síndrome post-aborto, una forma específica de síndrome traumático; y un 15% arrastró graves problemas de salud mental a lo largo de su vida. Todo esto estimuló todavía más la idea de que lo bueno era no tener hijos.

Se observó que en relación a sus madres la esperanza de vida disminuyó, y en relación a sus abuelas se estancó. Claro que también influyó que las mujeres en España, según la llamada OCDE en su estudio 2009, se emborrachaban (sic) y fumaban más que los hombres. Era otra especificidad española.

El primer grupo cultural en extinguirse fue uno que ya era pequeño a inicios del 2000, el llamado Pueblo Vasco. Es curioso, porque a pesar de su debilidad demográfica fueron muy empecinados en mantener su especificidad, pero el aborto y la baja natalidad por otras causas los dejaron reducidos a la mínima expresión en el año 2030, algunos caseríos de interesantes caracteres antropológicos. Lo que investigan los historiadores es el por qué sus diputados en el parlamento, los que se llamaban PNV, votaron en bloque a favor de la ley que prohibía nacer, que se aprobó en el año VI de la era Zapatero, es decir en 2010, llamada Ley Orgánica sobre Salud Reproductiva y muchas cosas más. En algunos textos se dice que fue a cambio de un plato de lentejas, pero no queda claro el significado de tal expresión ¿cómo podían cambiar lentejas por la continuidad de su propio pueblo quienes se decían únicos defensores del mismo?

Los catalanes, que eran más, prolongaron un poco su presencia demográfica, pero culturalmente se puede decir que dejaron de existir en el 2025. La nueva cultura surgió de los grandes grupos latinoamericanos, rumanos y, con un papel cada vez más hegemónico, los musulmanes. De la lengua catalana quedaban vestigios hablados por la población mayor de 65 años, que utilizaba continuamente la expresión 'Renaixença' para referirse a un pasado quizás mítico que surgió en el siglo XIX. Pero lo acaecido en los tiempos de la Gran Desolación, especialmente dura en los campos cataláunicos, ha destruido la mayoría de documentos históricos.

Ninguno de los grandes hombres de la sociedad española, los más ricos y poderosos que eran amos de cosas que se llamaban CEOE, Banco de Santander, BBVA, la élite económica, nunca levantó la voz ante la ley que impedía nacer. Algunos historiadores lo consideran lógico porque dicen que tales ilustres patricios nunca contaban personas, sólo euros.

Año 47 después de la Gran Desolación y 2107 del Nacimiento de Jesucristo.

Copenhague y el negocio del cambio climático. HENRY KAMEN

EN TODO momento los desastres han sido un buen negocio. Si hay alguien que lo duda sólo tiene que mirar las cifras de ventas de la nueva película 2012, que para deleite nuestro presenta una historia sobre la destrucción de toda la Humanidad. En la película cada centro político y religioso del mundo es destruido sin piedad alguna. Parece que las emociones humanas para prosperar requieren de algún desastre. Algo semejante ocurre con la historia del cambio climático.

En toda la prensa mundial -y, por supuesto, también en España- la noción de cambio climático ha sido presentada como una especie de 2012. Este mes, a medida que nos acercamos al clímax de la gran cumbre en Copenhague, donde los líderes mundiales tienen que decidir una política para con el fenómeno, la histeria ha llegado a proporciones atemorizantes. En España, se interpretan canciones como: La Tierra se calienta. Los hielos se derriten. Y no es ciencia ficción. Bien, tal vez no sea ciencia ficción, pero por supuesto es ficción, creada a propósito por gente desinformada. Cuando este verano se remontaron las temperaturas, un destacado periódico de Madrid afirmó que el cambio climático había golpeado España. No explicaba por qué el cambio no había alcanzado el norte de Europa, donde las temperaturas seguían frías.

Y ya que es una historia de desastre, hay que sacarle beneficio. Abran cualquier periódico y verán anuncios de productos para protegernos contra el cambio climático, como si el cambio climático fuera la gripe A. Por toda España, las instituciones que necesitan hacer dinero están ofreciendo cursos sobre cambio climático. Tengo ante mí un anuncio de una institución que está ofreciendo diplomas para crear «expertos en cambio climático». Uno a bien seguro se pregunta: ¿y estos expertos qué capacidades tendrán cuando el cambio finalmente llegue?

Estas instituciones necesitadas de dinero están explotando al Gobierno para financiar cursos sobre el cambio. Esto por supuesto también es verdad para otros países. El cambio climático es una de las industrias más prósperas de hoy en día. Si alguien lo duda, deberían considerar la carrera del ex vicepresidente Al Gore, quien se ha convertido en el primer súperbillonario del cambio climático, con propiedades personales que pasan de once cifras de dólares. Solo en octubre, una de sus compañías en California consiguió un contrato valorado en 560 millones de dólares para construir dispositivos ahorradores de energía. El cambio climático es por supuesto un muy buen negocio.

No es de sorprender que nos aseguren cada día que el cambio climático realmente existe. ¿Pero ya está aquí el desastre? ¿Podemos creer un informe respaldado por el anterior Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, alegando que «cada año el cambio climático representa más de 300.000 personas muertas, 325 millones de personas gravemente afectadas, pérdidas económicas de 125 mil millones de dólares»? La verdad es que hay suficiente incertidumbre sobre el alcance del cambio climático como para permitirnos dudar. Hay una gran variedad de opiniones entre los científicos, como siempre ha ocurrido con tales asuntos en las últimas décadas. Por cada artículo publicado sobre un desastre latente, hay otros sobre la falsedad de las alarmas. La prensa a menudo quiere desastres, porque vive del sensacionalismo. En una entrevista reciente en el Reino Unido, el jefe del Centro Internacional de Investigación del Ártico, Syun-Ichi Akasofu, afirmó: «El Ártico siempre se ha expandido y contraído. Pero la prensa siempre viene aquí y nos pregunta: ¿Dirá algo sobre el desastre invernadero? Y yo digo: no hay desastre».

Hace poco en la revista Science, un científico argüía que las alarmas sobre el aumento del nivel del océano Atlántico eran falsas. La Coalición Nuevazelandesa de la Ciencia del Clima, que está formada por 13 científicos, afirma que la temperatura de Nueva Zelanda no es más alta ahora que lo fue en los años de 1800. Dicen que ha habido años calurosos y años fríos desde mediados de los años 1800, y que la temperatura ha experimentado un aumento anual casi imperceptible. Podemos así seguir citando muchos testimonios, que demuestran que hay suficientes diferencias de opinión, como para llegar a tener dudas, no necesariamente sobre el cambio sino sobre su grado y su significado.

La semana pasada, un informe en la revista Nature, citado en EL MUNDO, dijo que «aunque las consecuencias del cambio climático podrían llevar a pensar que atravesamos la época más cálida de los últimos milenios, la temperatura del Polo Sur fue alrededor de seis grados centígrados superior a la actual durante el último periodo cálido, que tuvo lugar hace 125.000 años». La larga «lista de científicos oponiéndose a la tendencia general de la valoración científica del calentamiento global», que se puede consultar (en inglés) en internet, debería motivar a cualquiera a detenerse a pensar. En EEUU, 31.000 científicos han puesto sus nombres en una declaración que está en desacuerdo con la ortodoxia oficial.

Sin embargo, como señala un científico en el Daily Telegraph de Londres, «los científicos están bajo una intensa presión para ajustarse al imperante paradigma del alarmismo climático si desean recibir fondos para su investigación». Esto significa que incluso los científicos se convierten en víctimas del negocio. Esta semana una serie de acontecimientos asombrosos han revelado cómo algunos científicos parecen estar retocando los resultados de sus investigaciones para coincidir con los puntos de vista de aquellos que les financian. Como informa el New York Times esta semana: «Cientos de e-mails privados y documentos robados de un servidor en una universidad británica han conducido a afirmar que científicos del clima conspiraban para exagerar la influencia humana en el cambio climático». Uno de ellos confiesa en uno de los e-mails: «De momento, lo que falta es el calentamiento global».

LA MAYORÍA de científicos están de acuerdo en que se ha producido un aumento de la concentración de CO2 en la atmosfera de la tierra, y que este aumento puede tener graves consecuencias. Pero no es tan fácil tratar el asunto con eficacia. Ese es el principal problema al que se enfrentan las naciones que estarán representadas en la conferencia de Copenhague. Haciéndole justicia, Obama se da cuenta de que la acción debe ser real y no ficticia. Durante la histórica visita a China en noviembre, tanto Barack Obama como el presidente de China, Hu Jintao, dejaron claro que no podrán alcanzar un acuerdo en Copenhague para reducir las emisiones de gases invernadero. EEUU y China son los dos mayores contaminadores. Sin ellos no es posible acuerdo alguno.

Sin embargo, habrá violentas protestas en Copenhague, dirigidas en contra de los Estados Unidos y China. Eso es porque la campaña por el control climático ha alcanzado ahora el nivel de una nueva religión apocalíptica. Al Gore se ve a sí mismo como un profeta de la nueva religión. Miles de otras personas, que han perdido la fe en el cristianismo y el marxismo, han abrazado con entusiasmo la nueva religión, y afirman que solo ellos pueden salvar el planeta. Descartan como irrelevantes las opiniones de los científicos. Hace algunos años, un destacado ecologista estadounidense afirmaba: «los científicos pueden no estar de acuerdo, pero podemos oír a la Madre Tierra, y está llorando». Este tipo de entusiasmo religioso no debería afectar el hecho de que cualquier cosa que se consiga en Copenhague, aunque sea pequeña, será un importante avance. Algunos países han ofrecido cifras optimistas para la posible reducción de la contaminación, pero no se pueden tomar las cifras en serio y lo único importante es que se está realizando un esfuerzo.

Más allá de Copenhague, por supuesto, hay todavía muchos temas concernientes a la supervivencia humana. Las exageraciones sobre el calentamiento global pueden por desgracia desviar la atención de tales temas, que atañen a otras formas de contaminación y degradación ambiental que todavía son vitales y no se pueden ignorar. La lista de problemas es en verdad larga, desde la deforestación al consumo de carne y la contaminación de los ríos y mares. El camino hacia delante será difícil, pero la contribución de aquellos que anhelan el desastre en el grado de la película 2012 solo servirá para impedir el progreso.